Tributo de la Escuela Esquinera a Mario Benedetti en sus 100 años
UN POETA EN LA ESCUELA
Por Mario Delgado Aparaín
No tengo la menor duda de que a Mario Benedetti le hubiera encantado participar, de un modo u otro, de la fascinante experiencia de la Escuela Esquinera de Montevideo.
En primer lugar, porque me consta que Mario amaba las esquinas. Una tarde en que tocamos el tema café mediante, entornó los ojos y me dijo algo así como que una esquina puede ser un ángulo de intenso encuentro amoroso o un ángulo de peligrosa disidencia.
Pero sea lo que sea, una esquina es un sitio de la ciudad geométrica, donde alguien en pleno conflicto, toma de pronto la temible decisión de irse o de quedarse. De convivir con la resignación y la oscuridad o prepararse para sobrevivir y marcharse hacia un lugar ignorado donde se presume la luz
Una sensación de este tenor me dejó hace años, la lectura de la novela Primavera con una esquina rota, donde Mario contrapone el Uruguay de la dictadura y del exilio, con una hermosa metáfora sobre la primavera y la esperanza.
Debo confesar que no me fue fácil conocer a Mario. Tuve que esperar hasta fines de julio de 1984, para encontrarme cara a cara con aquel hombre que como a tantos jóvenes de mi generación, me había inducido, con discrepancias incluidas, a pensarnos a nosotros mismos, tratando de descifrar la compleja idiosincrasia de los uruguayos y, en particular, la de los montevideanos.
Por aquellos días Mario ya había vuelto al país, iniciando su desexilio, al que convirtió en motivo central de la mayoría de sus obras escritas a partir de entonces. Recién al cobrar conciencia de lo que había hecho a lo largo de su vida y hasta sus últimos días, muchos comprendimos que la literatura uruguaya contaba en sus filas con un hombre dueño de una vastísima cultura, que, debido a la diversidad asombrosa de su obra –novelas, relatos, poesías, ensayos, teatro, crítica literaria, artículos periodísticos–, desafiaba cualquier intento de clasificarlo. Autor de más de cincuenta libros traducidos a veintitrés idiomas, Mario demostró tener una personalidad literaria tan potente que lo llevó muy temprano a convertir su propia vida tan diversa, en una fuente real por partida doble: una fuente de reflexión y una fuente de creación.
Pues esta doble fuente es, justamente, la razón de existir de la Escuela Esquinera. Estimular la reflexión sobre las más diversas disciplinas artísticas y provocar, al mismo tiempo, la creación en aquellas personas apasionadas por el arte. Muchas de ellas agobiadas por una crisis de autoestima, que las ha llevado a negarse y a no quererse a sí mismas, por suponer que en sus mundos interiores no hay nada digno de ser querido. Nada más lejos de la verdad.
A Mario no le fue para nada ajena la crisis de autoestima del creador. Es más, llegó a pensarse a sí mismo desde múltiples perspectivas; una de ellas muy náutica, por cierto. En El porvenir de mi pasado” dice “Eso fui. Una suerte de botella echada al mar. Un niño que se prometía amaneceres con torres de sol. O tal vez una primavera que avanzaba a destiempo”.
Pero pocas reflexiones me remueven tanto hoy, época de pandemia mortal e incertidumbre existencial, como aquellas palabras tan oportunas y premonitorias donde Mario aseguraba con tristeza contagiosa que “Todo este terremoto nos ha dejado rengos, incompletos, parcialmente vacíos, insomnes. Nunca vamos a ser los de antes. Mejores o peores, cada uno lo sabrá. Por dentro, y a veces por fuera, nos pasó una tormenta, un vendaval, y esta calma de ahora tiene árboles, pero
tal vez no consigamos en el vivero los mismos tallitos, las mismas semillas. Levantar nuevas cosas,
estupendo, pero ¿será bueno que el arquitecto se limite a reproducir fielmente el plano anterior, o será infinitamente mejor que repiense el problema y dibuje un nuevo plano, en el que se contemplen nuestras necesidades actuales? Quitar los escombros, dentro de lo posible; porque también habrá escombros que nadie podrá quitar del corazón y de la memoria”.
Pues eso ha hecho y lo sigue haciendo la Escuela Esquinera de Montevideo. Dentro de lo posible. Por lo pronto, como dicen sus gestores, con el objetivo de profundizar la democratización cultural, fomentando tanto la reflexión individual como la colectiva sobre las dimensiones éticas, estéticas y políticas de la cultura, hoy están ingresando a Mario Benedetti a los talleres de la Escuela.
Pues en estos poemas envueltos en imágenes y en música personas de 15 y hasta 93 años, está buena parte de la vida real de Mario Benedetti. Con sus muertes, con sus sorpresas y, sobre todo, con sus valores.
Como bien lo dijo él mismo de un solo golpe: “Mi vida fue siempre una tensión constante entre la muerte y los demás”. Y seguro que, por una razón parecida Julio Cortázar, hablando del vasto mundo de este humanista irredento para quien los valores absolutos y eternos existen, dijo una vez con clara convicción que “Mario es uno de los hombres más valiosos de nuestro continente y por tanto siempre en peligro”.

