La esclavitud de la guerra

La esclavitud de la guerra

Por Hugo Bervejillo

            La Primera Guerra Mundial, fue, como todas las guerras, un conflicto de industriales y comerciantes por apropiarse de nuevos mercados. Pero no fue- como se ha dicho repetidamente- un conflicto estrictamente europeo, sino que arrastró a otras naciones y otras etnias, por la característica de que sus principales países beligerantes- Francia, Inglaterra, Alemania, Turquía- eran potencias coloniales.

            Inglaterra y Francia trajeron a Europa ejércitos formados por habitantes de sus colonias, bajo el sistema de leva forzosa, lo que ocasionó efectos impensados y situaciones novedosas.

            Por ejemplo, participaron del conflicto un millón y medio de hindúes, entonces colonia británica. Si bien para Inglaterra, toda persona no inglesa es extranjera («alien»), no escapaba a la inteligencia militar que los hindúes, que ellos agrupaban bajo el nombre de «hindúes», estaban conformados por varias nacionalidades, etnias y características tribales, donde no todos compartían la misma religión, ni siquiera en un pie de igualdad- por el sistema milenario de las castas-, aunque puede estimarse que acudieron a combatir casi un millón de musulmanes. Cuando hoy esa misma condición es discriminatoria en Europa, hay que recordar que entonces apelaron a ellos para combatir bajo su bandera.

            También combatieron dos millones de africanos,  de las colonias inglesas y francesas. Al igual que los hindúes, provenían de zonas geográficas de clima muy distinto del europeo, y, dado que las potencias convocantes no los dotó de equipamiento adecuado, muchos murieron de frío en el invierno, antes que por el fuego adversario.

            A los africanos- que no hablaban francés o inglés, sino sus lenguas locales-, se los instruyó estrictamente en el lenguaje militar- el que debían obedecer-, pero no en el lenguaje de comunicación, para que nadie confraternizara con ellos- ni siquiera con aquellas personas que habían ido a defender-, porque, si bien se los llevaba como tropas «aliadas», no dejaban de ser «salvajes de las colonias», y también que se los consideraba útiles mientras estuvieran separados por dialectos: una lengua única para todos constituía un peligro por la amenaza de emancipación, toda vez que habían aprendido a usar armas modernas.

            Inglaterra aportó a la guerra cien mil chinos, y Francia cien mil indochinos.

            Los chinos fueron destinados exclusivamente a las peores tareas de la guerra- limpieza, enterramientos, rescate de cuerpos- que no requirieran uso de armas, en virtud del desprecio que sentían los ingleses por ellos. Pero ocurrió que, tras crear como arma novedosa y letal el tanque, cuando éstos se averiaban- fallas de motor, principalmente-, no podían ser reparados por la falta de mecánicos especializados y quedaban abandonados, perdiendo, consiguientemente, Inglaterra poder de fuego. Y algunos chinos- curiosos, ingeniosos, creativos-,  fueron los que encontraron la manera de repararlos, y se constituyeron en los encargados del mantenimiento en varias zonas de Francia.      Por supuesto, volvieron al hogar después de la guerra sin ningún reconocimiento por su aporte

            Cuando EEUU intervino en la guerra, -abril de 1917-, aportó un millón de negros. Pero- tan racistas como siempre-, no en la misma categoría de las tropas «blancas»: el general Pershing, que estaba al mando de las tropas norteamericanas, dijo que él no llevaría al combate a soldados negros, por lo que se resolvió que combatieran bajo mando francés. Y así fue. Muchos de ellos tuvieron actuación destacada, y fueron condecorados con medallas de honor francesas, y se les autorizó, al término de la guerra, a llevar el uniforme francés como recuerdo. Por lo menos dos de esos negros- está documentado- fueron linchados e incinerados por el Ku Klux Klan: además de ser negros, tenían uniforme extranjero.

            ¿Por qué la presencia de negros en la guerra?

            En 1910, un militar francés, el coronel Charles Mangin- de activa participación en guerras coloniales, y a quien apodaban «el carnicero» por su desprecio por la vida de los soldados a su cargo-, escribió un libro llamado «La Fuerza Negra», donde teorizaba acerca de la combatividad y resistencia de los soldados negros- él había dirigido un batallón de tiradores senegaleses-, a partir de sus observaciones y de experiencias aportadas por médicos franceses que habían operado a heridos negros en combate, sin anestesia.

            No obstante, la actitud de hacer participar en la guerra a tropas provenientes de colonias, fue duramente criticado por pensadores «humanistas», que denunciaron un error garrafal: con eso se había violado un principio cardinal entre potencias imperialistas, dado que se enseñaba y estimulaba a «negros» ( fueran éstos del color que fueran) a matar blancos, en el corazón de Europa, que era «blanca» por antonomasia.

            De todas maneras, en el reparto de los despojos de una Europa en escombros, los beneficios no alcanzaron a ningún integrante de los ejércitos vencedores, pero la industrial Bayer, creadora del gas mostaza, que dejó decenas de miles de inválidos, aumentó significativamente el valor de sus acciones.

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