Por Mario Morosini
Recorro los últimos kilómetros. No sé cuántos. ¿Dos, cinco, diez? No importa. Es el hoy. Llega un momento en la vida de los veteranos que pasamos largamente las siete décadas donde no existe futuro. Por lo menos como se lo plantean los jóvenes. Vivimos el presente. Lo hacemos con nostalgia de todos nuestros episodios de vida, tratando de no perder la alegría. Quien tenga tantos kilómetros recorridos y diga lo contrario, se miente o es la excepción. Aprendimos que este pasaje por la tierra no deja de ser un conjunto de sensaciones alegres, tristes, dolorosas y ¿por qué no? disfrutables. Cada una a su manera, cortas o prolongadas, más o menos intensas, que te dejan marcas profundas o leves.
El presente actual con este virus que acosa a la humanidad nos aleja de la vida social. Vital para llenar el alma y especialmente el necesario combustible para recorrer esos últimos kilómetros a los que nos referíamos. Recuerdo demasiado seguido el pasado y los buenos momentos vividos. Minimizo los tristes, seguramente como protección. Repaso el crecimiento de las hijas. Disfruté y disfruto verlas transformarse de niñas en adolescentes, luego mujeres y ahora madres. Esas imágenes y recuerdos los tengo permanentemente y por momentos -aunque no soy amante de esa frase- me invade la sensación del deber cumplido.
Decía que el aislamiento es triste. Lo sufro, como seguramente lo sufren todos. Mucho más cuando se hace forzado por las circunstancias. Alejado de los hijos, los nietos, de familiares y amigos. Esta quietud que todo lo invade donde están comprendidas cosas importantes y también menores como el fútbol, cine, teatros u otros entretenimiento, pero que hacen a la vida y el no tenerlas repercuten en lo anímico, síquico, y ni que hablar en lo físico.
Estos tres meses me refugié mucho en esos recuerdos. Hice pasar varias películas por mi mente de los episodios vividos. La niñez, mis padres y abuelos, reuniones y salidas con tíos, primos, amigos del barrio, también de mi adolescencia, con compañeros de estudios, de trabajo y los más recientes, ya de adultos, con familia establecida y las responsabilidades que muchas veces nos abruman.
Alegrías y tristezas, momentos gratos y dolorosos, creo que todos han desfilado por mi cabeza en esta pandemia que parece querer acompañarnos por un buen tiempo.
Llamé a seres queridos que hacía tiempo nada sabía de ellos y me culpo por haber cedido ante las vallas que iba teniendo en mi andar, distanciándome físicamente de muchos. Volví a conectarme con compañeros de mi niñez, los que están aún con vida. También con amigos de equipos de fútbol que integré en la década del 60 y 70. En esas conversaciones me enteré que una ex noviecita de jovencitos está hoy en un residencial, es que todos tuvimos distintas suertes.
Los diálogos mantenidos telefónicamente fueron alimentados con anécdotas risueñas, pero también de mucha nostalgia y obviamente con algunas noticias que me entristecieron. Haber dejado en el camino tantos compañeros y compañeras de la vida con los cuales no me podré ya dar un abrazo. Recordamos al cuadrito de fútbol barrial que supo hacer historia, éramos como 14 o 15 que lo integrábamos habitualmente, quedamos en pie 7 y uno con principios del jorobado alemán que se hace llamar alzheimer.
Y así es la vida, dicen. Y sí. Puede que así sea. Quedamos con amigos de los distintos grupos que nutrieron esos largos kilómetros vividos de reunirnos cuando pase este virus. Precisamente una amiga que ahora tiene 84 años, con una risa suave y a su vez llena de tristeza me dijo “aunque sea para despedirnos”
Al principio de estas reflexiones decía que no teníamos futuro. Pero en realidad lo tenemos. Nuestros hijos y especialmente los nietos, quienes tuvimos la suerte de tenerlos son ese enganche con el futuro.
Un futuro que no podemos imaginar. Un solo ejemplo: la más pequeña de los nietos es una adorable niña de apenas 20 meses. Hace 3 meses que camina y recién está agarrando confianza en su andar. Algo natural, aunque con una diferencia, me disputa la computadora y trata de meter dedo en el teclado cuando me pide dibujitos sin el consentimiento de los padres y si no le gusta uno de ellos no solo protesta sino que se las ingenia para tratar de cambiar por otro, incluso llegó a apagar la computadora en un descuido del gaga abuelo. Tienen otra velocidad o son las mujeres y hombres de un futuro que no veremos.
¿Qué quiero decir? Muy simple, que para aquellos que ya pisamos los 80 ese inimaginable futuro no nos pertenece, solamente nos queda enriquecer el presente en base al pasado vivido para aquellos que levanten nuestras banderas, no importa cuales, sepan que hicimos todo lo posible por dejarles un mundo mejor. Si lo logramos no lo sabremos jamás, simplemente vale el esfuerzo realizado y el cariño que le pusimos.

