La polilla y los tesoros

La polilla y los tesoros

Por Hugo Bervejillo

En Mateo 6:19 se cuenta que Jesús recomendaba no acumular tesoros sobre la tierra porque eran pasibles de ser consumidos  por el moho y las polillas, y los ladrones podrían entrar a robarlo; mejor sería acumular otro tipo de tesoro en otro plano (en el cielo, recomendaba), donde no habría amenaza posible de perderlo o degradarlo.

Y cerraba con una frase de gran sabiduría :”donde está tu tesoro, allí estará tu corazón”.

El consejo rara vez fue tenido en cuenta, y la sentencia final resultó tener un repliegue insospechado: contenía un dramático desajuste con la realidad. En la mayoría de los casos el corazón necesitaba algo más que el tesoro acumulado, y que este era incapaz de proporcionarle.

En 1823 un capitán de barco mercante dejó en una casa cualquiera de Río de Janeiro a un niño de 9 años. El padre de ese niño había sido muerto de una puñalada por un borracho en un incidente, y la madre, que también tenía una hija, recibió varias proposiciones matrimoniales pero en todas la condición era que se deshiciera de sus hijos. La niña fue casada con un vecino, y el niño, entregado a un tío marino.

En la casa que lo cobijó fue destinado a hacer todas las labores imaginables en condiciones de esclavitud no declarada. Se instruyó como pudo, y progresó lentamente en función de su tenacidad. Empleado de confianza de una casa de exportaciones, cuando ésta cerró, fue “adquirido” por el comerciante inglés Carruthers, que terminó haciéndolo su socio, y algo después se convirtió en banquero de confianza de la casa Rostchild.

Un día el rey Pedro II, en honor a sus cualidades, lo nombró Barón y vizconde. Irineo Evangelista de Souza- aquel niño abandonado-, se convirtió en el Barón de Mauá. El mismo rey le confirió un escudo de armas donde se leía “Labor improbus omnia vincit”: el trabajo ímprobo vence todo”.

El vizconde influyó poderosamente en la política del Río de la Plata, a favor de los intereses ingleses y brasileños y con ello también acrecentó una cuantiosa fortuna, pero cuando Brasil se hundió económicamente- producto de los gastos faraónicos de la guerra de la Triple Alianza-,  también se hundió Irineo Evangelista, los acreedores se comieron aquella fortuna, y tuvo que vender hasta sus lentes con montura de oro para poder sobrevivir, pobre- como al principio-, y olvidado, hasta su muerte, oscura, en 1889.

Sin familia, sin amigos. Solo.

Trayectoria parecida tuvo un uruguayo, nacido en 1847, llamado Francisco Piria.

De  la nada, sin desdeñar ningún trabajo por humilde que fuera, se edificó en comerciante, en creativo publicitario, en forestador, en hotelero, en agente inmobiliario, latifundista, propietario de una cantera de piedra, tabacalero, vitivinicultor, inversor, y llegó a tener la fortuna más importante del país.

Concretó su sueño de crear su propia ciudad, Piriapólis, diseñada por  él, y en ella su obra magna: el Argentino Hotel- en su momento, el más lujoso de América-.

Amasó una fortuna que es difícil de imaginar aún en nuestros días, pero siendo el artífice y conductor excepcional de su imperio, queda claro que nadie más estaba a su altura para sucederlo, y siquiera continuar aquella obra.

Tampoco sus hijos.

Un día, a sus 73 años, conoció a una muchacha argentina cincuenta años menor, que vendía baratijas para ganarse la vida- como el propio Piria en su juventud-, bonita y desenfadada, que se convirtió en su amante y protegida. Trece años después- ella ya se había casado, aunque era inseparable del magnate y hasta le administraba los medicamentos-, Piria viaja con ella a Buenos Aires, firma un documento en que la reconoce como hija, y apenas una semana después, fallece.

La fortuna de Piria se dilapidó en un largo y arduo trámite sucesorio, donde los profesionales a cargo hicieron su vendimia, y donde algunas propiedades- como la que actualmente está, en ruinas, en Buenos Aires-, quedaron abandonadas.

Si la labor tesonera todo lo vence, la joven heredera demostró que podía llegar a la fortuna mucho más rápido que su mentor, y con menos trabajo.

Más habría convenido que la sentencia evangélica hubiera sido enunciada al revés: “donde está tu corazón, allí estará tu tesoro”

Pero no es seguro que hubiera sido mejor escuchada.

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