¡ SALUD VÍCTOR!

¡ SALUD VÍCTOR!

Por Prof. Ricardo Piñeyrúa

Me llevó muy poco tiempo aprender las mañas de aquel oficio, el de visitador médico. Tras varios meses exiliado en Brasil, me fui a Buenos Aires para vender sartenes y ollas con mi suegro, cosa que duró un par de años y debí buscar otro trabajo.

Soy un tipo de suerte, y a los pocos días encontré uno muy bueno, Visitador Médico de un laboratorio internacional.

Atendía los médicos del Hospital Fernández, llegaba ocho y media y tras esperar la visita del supervisor quince minutos, arrancaba al café de la esquina dónde se juntaban todos los visitadores. En Baires ser uruguayo te abre muchas puertas y me aceptaron rápidamente en la mesa de debate.

“Aquel es tipo tupa, el otro medio radical de los argentinos, uno parece bolche y otro de derecha”, le decía a mi compañera, pero en pocos días descubrí que, todos eran peronistas.

Cansado de esos debates incomprensibles de una realidad argentina que desconocía, cambié de bar, descubrí uno en una calle lateral del Hospital, más chico y tranquilo, en el que podía leer sin interrupciones.

El primer día que entre lo vi, el tipo leía el Clarín y hacía la claringrilla, serio, casi enojado, seco.

Su cara lo vendía, sin dudas era judío, lentes gruesos y barba con perita. Se llamaba Victor Kurkbard y era visitador de otro laboratorio.

Apenas un buenas y poca bola, pero con el paso de los días, el buenas, agregó el días y después un tímido como estás. Un día se interesó por mi lectura y yo por su crucigrama, me preguntó la capital de un país africano y sin darnos cuenta terminamos compartiendo mesa y café.

Era sicólogo, le comenté que yo era uruguayo profe de Educación Física y sin darnos cuenta terminamos saliendo con nuestras parejas, visitándonos y amigos.

Era todo lo opuesto a serio, de un humor increíble, disfrutábamos charlas y debates, los que se agrandaron cuando, le tomé confianza y le confesé que era exiliado y comunista.

Fue lo mejor que encontré en Buenos Aires, solidario y gran tipo. Junto a Mirta su compañera, hicieron que nuestros días en el exilio fueran mejores y aprendiéramos que ellos, nos quieren mucho más que nosotros a ellos. Estoy hablando de los porteños.

Juntos fuimos a ver a Zitarrosa a Obras Sanitarias y quedó encantado con Alfredo, al salir me comentó que era un seductor, desde ese día, salía a caminar con un walkman donde llevaba un casete de Zitarrosa que le regalé.

Me acompaño hasta último momento, esperando que embarcara, cuando volvía del exilio con mis dos hijos y una bolsa de nylon donde traía cuatro pescaditos de colores.
Nos seguimos viendo allá y acá, vino a Montevideo y se enamoró de la ciudad.

En una de las tantas charlas me contó que había sido trotskista. Cuando terminaba de trabajar en el laboratorio, dejaba su auto y su traje en su departamento, vivía cerca de Santa Fé y Pueyrredon, pleno barrio norte, se ponía unos jean gastados y tomaba un tren al sur desde Constitución para reunirse con su cédula.

Sus preguntas en la cedula molestaban a sus compañeros, ¿cuántos somos? ¿hay otros? La advertencia llegaba enseguida, “compañero, la revolución exige disciplina y compartimentación”, aunque a él le costaba aceptarlo.

Un 1° de mayo, iba en el tren al sur y en una estación se cruzó con obreros que iban para la Plaza de Mayo, hacia el otro lado, haciendo sonar sus bombos al grito de: Perón Perón que grande sos…

Los miró, los escuchó cantar y se sintió arrastrado, miró sus jeans gastados, sintió sus panfletos en el bolso y pensó, pensó, ¡qué carajo hago yo en este tren, si soy peronista!

Salud Víctor, en este 1 de mayo, me hacés recordar al lado de quién estar.

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