Por Dr. NELSON SICA DELL´ISOLA
El Liceo Miranda, de segundo ciclo abarcativo de todos los años, es uno de los más antiguos de Montevideo, pues su instalación fue autorizada por Ley del 18 de enero de 1916, que autorizó al Poder Ejecutivo a crear en Montevideo dos nuevos establecimientos de enseñanza, que por eso llevaron los números uno y dos. Posteriormente se fundaron el Nro.3 Dámaso Larrañaga, el Nro. 4 Juan Zorrilla de San Martín, el Nro. 5 José Pedro Varela, por citar los cinco primeros. Y en 1918, a iniciativa del Dr. Enrique Cornú, Decano de la Sección de Enseñanza Secundaria y Preparatoria, se designó con su nombre el Liceo Nro. 2, que por entonces estaba en la calle Sierra (Hoy Fernández Crespo) y actualmente en calle Profesor Carlos Basigalupi 2244 (antes llamada Bequeló) entre Hocquart 1587 y Madrid, que ocupa una manzana del Barrio La Aguada, cerca del Palacio Legislativo. Homenaje muy merecido, tributado tres años después de su fallecimiento, a quien como veremos, en su muy corta vida dio tanto a nuestro país.
Estudiaron en este Liceo importantes personalidades, entre ellas el Escritor Mario Benedetti, mis profesores de práctica forense Dres. Juan Carlos Patrón y Rómulo Vago (este último que integró la Suprema Corte de Justicia), Julio César de Gregorio que también fue Ministro de la Corte, Esc. Alvaro Alzugaray, Dr. José Pedro Zubillaga, Dr. Francisco Ferrari, Ingeniero Juan M. Maglia … Y su actual enorme y moderno edificio de dos plantas fue inaugurado en 1958 se mantiene bastante bien, aunque tiene ya 58 años, muestra algunas fallas y muy grafiteado.
Cuando se fundó en diciembre de 1916 tenía 288 alumnos y hoy tiene 1200 liceales (turnos diurno, matutino y vespertino) y 700 en el nocturno (semestral). Siendo la Directora la Prof. Nair García y Sub-Directores los Profs. José Carlos Ferreyra, Rosario Suarez y Wilka Ronzoni.

En C.E.S., “Liceos del Uruguay: 1935-2008” se informa que: El alumnado y el cuerpo docente de este liceo se han caracterizado por su compromiso y sensibilidad ante los problemas de la sociedad uruguaya, siendo protagonistas en diferentes momentos históricos de la vida del país. Y que todos los miembros de la comunidad educativa procuran tanto una enseñanza de excelencia para los bachilleres que pasan cada año por sus aulas, como la formación integral de personas comprometidas con el mejoramiento de la sociedad en que viven.
Héctor Alejandro Miranda Chavez, que este es el nombre completo, seguramente será recordado en el centésimo aniversario, nació el 17 de diciembre de 1885 en Florida, y falleció en Montevideo el 27 febrero de 1915, en plena juventud a los veintinueve años de edad. De la partida de defunción surge que vivía en calle Yaro, en compañía de sus padres, que por entonces tenían 62 y 55 años de edad, y que el fallecimiento fue consecuencia de “ulcera de duodeno”. Hoy una calle de Montevideo, lleva con justicia su nombre, en Punta Carretas, que corre desde Bvar. Artigas hasta Ellauri. Lo vemos en la foto que luce en grandes cuadros en paredes de la Dirección y en el Salón de Actos, del hoy presentado como “Instituto”, pues no es solo liceo.-
Su padre, Julián Olindo Miranda Cabrera, casado con Rosa Chávez, era Inspector Departamental de Escuelas llegó a ser Secretario de Instrucción Primaria durante el ejercicio de José Pedro Varela, era un hombre culto, con una vasta biblioteca, y proporcionó a sus hijos no sólo la mejor educación que la época permitía, sino también un ambiente adecuado para el desarrollo de sus facultades intelectuales.
Hermano de César Alberto Miranda, nacido en Salto en 1884 y fallecido en 1962, también recordado en otra calle de Montevideo, político, diputado y poeta conocido en los círculos literarios como “Pablo de Grecia” aunque también mucho usó el seudónimo “Julio Romano”. Ambos fuertemente atraídos por la corriente de escritores y poetas «Modernistas» de la generación de 1900, por la personalidad de Julio Herrera y Reissig, iluminado precursor de las vanguardias europeas
Héctor Miranda, culminando una brillante trayectoria estudiantil logró el título de Doctor en Leyes en 1908 a los 23 años de edad. Meses antes había presidido el Primer Congreso Internacional de Estudiantes Americanos, y en la Revista Anales de la misma, se publicó una poesía suya titulada “Evocación Galante”, donde “la influencia del Poeta de la Torre de los Panoramas, se manifiesta en el tono esotérico de las referencias y en la pureza del estilo” como lo dijeron José Pedro Barrán y Benjamín Naum.
Pronto ejerció la cátedra de Derecho Penal y la Presidencia del Consejo Penitenciario, desde dónde realizó una labor renovadora en este ramo de la ciencia jurídica. Consustanciado con las más modernas corrientes de su época, sobre el delito y su prevención, sostuvo la necesidad de que se sustituyeran los viejos conceptos «del criminal nato”, cuya eliminación se aconsejaba invariablemente, por la científica concepción de la criminología moderna, que ve en el delincuente un enfermo moral, cuya regeneración puede obtenerse por tratamientos racionales y prácticos; por lo que hablaba de las cárceles “reformatorios”, en lugar de las cárceles “martirizantes”. Y en 1914, siendo diputado proyectó una Ley que creaba el Instituto de Criminología.
Estaba destinado a la actividad política, la que si bien desarrolló con brevedad dado lo repentino de su muerte, proporciona también una pauta de su compromiso acuciante con la época. Fue diputado del Partido Colorado por el Departamento de Treinta y Tres en el año 1914. Secretario de la Comisión Nacional Colorada, Presidente del Comité de Acción Cívica que patrocinaba la candidatura a la Presidencia de la República del ciudadano Feliciano Viera, y acompañó la política de José Batlle y Ordóñez. De su breve actuación parlamentaria quedan importantes proyectos de Ley como los que se refieren a la igualdad de derechos para la mujer, junto con Juan A. Buero sobre Derechos Laborales y uno final sobre colonización agrícola. Este último es de 1914, con el título de Fomento Agrario, por el que se creaba un impuesto a las propiedades superiores a 3.000 hás, para expropiar terrenos aptos para la agricultura, y adjudicarlos en fracciones no mayores a 50 hás, para crear una sólida clase media rural, que impidiera caer en los excesos del latifundio. El que esto escribe, en sus primeros trabajos coincidía con estas ideas, escribiendo diez notas sobre Reforma Agraria”, en el Semanario “Lucha” de Florida, desde principios de 1955, considerando que la Democracia debe serlo también en lo económico, y que la tierra debe ser de quien la trabaja eliminando definitivamente la dolorosa realidad del latifundio. La tierra debe ser dividida racionalmente, de tal manera que cada trabajador rural posea la superficie técnica y socialmente aconsejable, para aumentar los índices de producción y lograr una mejor distribución de la riqueza”.
Comprometido desde muy joven con la labor histórica realizó las siguientes publicaciones: «Artigas» (1905), donde publica su discurso del 23 de setiembre de 1905 en nombre de los Estudiantes de Derecho cuando él tenía 19 años; «Las Instrucciones del Año XIII» (1910), convirtiendo el análisis del documento y del Reglamento de Tierras de 1915, en pretexto para reestructurar toda la historia nacional del período revolucionario, que son el legado político e ideológico de Artigas, en el marco de la Revolución Hispanoamericana. Siendo sí lo más relevante y lo primero, seguido de la posterior Revolución Agraria en México, pues debemos recordar que Emiliano Zapata nació en 1879, esto es 64 años después que el Reglamento de Tierras de Artigas de 1815. Como lo dijo José Pedro Barrán en el prólogo, Miranda “analiza las instrucciones científicamente”, y concluye en que parece una figura fabulosa….el autor hace conocer al Fundador de la Patria Oriental en su obra monumental, en un trabajo fuerte, sano y ponderado… notable estudio jurídico… al servicio de la historia… como la misma historia lo está ante un grande ideal de verdad y justicia” ; Posteriormente: «Elogio de los Héroes» (200 páginas, 1912); «Bruno de Zavala» (109 págs. 1913); «La Doctrina de la Revolución» (1913). Con posterioridad a su deceso la ya aludida Revista «Anales de la Liga de Estudiantes Americanos» publicó en abril de 1915 un trabajo histórico inconcluso, denominado «Los Congresos de la Revolución».
