Por Prof. Ricardo Piñeyrúa
Se ve que aquella historia me impresionó, que cada tanto algún clic abre esa puerta y vuelve.
Era chico, no sé, diez once años cuando lo escuché. Creo que lo que más me impactó fue la risa, sí se reía mientras contaba como habían encontrado a aquel tipo en la mañana. Era un preso que habían traído la noche anterior.
Él era el comisario, creo que de la 1°, la que está en Ciudad Vieja. Al preso lo metieron en una celda y pese a que era invierno, lo hicieron desnudarse, quedarse solo con el calzoncillo. Durante la noche le tiraron sobre el cuerpo desnudo un par de baldes de agua y lo dejaron solo.
En la mañana, el preso estaba arrollado con sus dos manos tirando de la parte delantera de su calzoncillo, con él había tratado de abrigarse y se había estirado tanto que le llegaba hasta el cuello, eso era lo que lo divertía, como se había estirado el calzoncillo.
Todo esto era en democracia, antes del golpe, él después fue creciendo, escolta de Pacheco y finalmente director de inteligencia. Era el padrastro de mi cuñado “Pincho” y también su tío, se había casado con la madre que había sido su cuñada. Una buena mujer que atendía a cada uno de los familiares de presos que se le acercaba pidiendo ayuda.
Como todas estas bestias, aparentaba ser un buen hombre de familia, lo conocíamos además del Sporting, había sido gerente en un período en que quedó afuera de la policía, allá por los 60.
Las visitas familiares eran comunes y en una de ellas, en su casa contó esa historia.
Cuando ayer resonaron los twets y las notas periodísticas que indicaban que habían restituido la foto de Víctor Castiglioni en la dependencia policial, me vino a la cabeza esa historia, que está en un rincón de mi memoria esperando para saltar cuando necesito un ejemplo de bestia.
Muchos de los que sufrieron esas épocas, los que quisimos cambiar el mundo y no llegamos (esto va por mi cuenta) tenemos algunas alegrías y a veces duran poco, como la de bajar su foto de una pared del local donde se torturaba a inocentes, pero hay algunas satisfacciones que no se pueden volver a colgar.
Zoraida, era la esposa y madre de mi cuñado, venía a casa a tomar con mi madre mate dulce en vaso de vidrio y más de una vez le contó que Víctor tenía pesadillas, que algunas noches se despertaba sofocado, angustiado.
Decía que los muertos le tiraban de los pies

