Por Hugo Bervejillo
A veces la cosa no es lo que se ve sino que es lo que simboliza. Hay un valor que la trasciende y deja de ser simplemente lo que aparenta a primera vista para constituirse en algo más abstracto, diferente de todo lo demás que se le parezca.
Un buen ejemplo es el vagón de Compiégne.
Cuando en 1918, después una guerra que arrasó a Europa- es de hacer notar que los propios europeos, familiarizados con siglos de conflictos sangrientos la bautizaron entonces como La Gran Guerra- se firma el armisticio que le ponía fin, los Aliados, triunfantes, eligieron como lugar físico para la firma de los Tratados no un palacio- ni sano ni derruído- ni una casa, ni una oficina. Y tampoco un lugar al aire libre, como tantas veces, ni tampoco un barco, como cuando la rendición de Japón en 1945.
Vaya uno a saber por qué, eligieron un vagón de tren que se encontraba en el bosque de Compiégne, 90 quilómetros al norte de París, y que formaba parte del tren que transportaba al Estado Mayor del Mariscal Foch. Ese vagón, precisamente, era su despacho.
Un vagón siempre es un lugar de poco espacio y está inevitablemente vinculado con lo transitorio, con lo que está en perenne viaje, con lo que no se afinca.
El Tratado de Paz de 1918- como todos los tratados de paz-, fue un documento que fijaba las condiciones que el triunfador doblegaba al vencido, le imponía limitaciones, le hacía pagar los costos, le recortaba la soberanía, lo humillaba.
En otras épocas los romanos- que sabían de triunfos militares y también de humillaciones a los vencidos-, imponían a los vencidos desfilar en fila por las Horcas Caudinas: un dispositivo que aparentaba una puerta elemental donde el dintel era una lanza situada a una altura menor que la altura del más bajo de los soldados vencidos. Para pasar- y era obligatorio hacerlo-, los soldados tenían que agacharse, abatir la cabeza, que en idioma español es rendir. Rendirse es agacharse.
Los Tratados de 1918 documentaron la rendición de Alemania en condiciones vergonzantes para el orgullo nacional alemán. Era la voluntad de los vencedores. Pero los alemanes lo asimilaron al vagón, al espacio físico estrecho donde sus mariscales signaron los papeles infamantes, y quedó en su memoria como un lugar de vergüenza.
El juego de intereses políticos de los años siguientes hizo que aquellas condiciones infamantes se suavizaran.
Por ejemplo en 1935 (18 de junio) Gran Bretaña por sí sola- sin anuencia de los demás dignatarios de aquel Tratado- y a los solos efectos de ganar un voto en la Organización de Naciones-, firmó con Alemania el AGNA (acuerdo naval anglo –alemán) por el que se le permitía fabricar buques de guerra de armamento superior al que tenía de tope en 1918, base diplomática para el rearme alemán, que eclosionó en 1939 cuando invadió Polonia y dio comienzo a la Segunda Guerra Mundial.
Cuando Alemania invadió Francia- uno de los vencedores en 1918-, Hitler en persona entró en París (14 de junio de 1940), y eligió como lugar para la firma de la capitulación francesa el mismo vagón de Compiégne.
Pero esta vez como vencedor.
Vengativo, devolvió la humillación. A Francia, por lo menos. Y además hizo trasladar el vagón a Berlín, para que los alemanes tuvieran a la vista aquel viejo símbolo humillante ahora convertido en trofeo.
Pero en 1945, cuando las tropas soviéticas rodearon el último reducto que era Berlín y la derrota era un hecho irreversible, en medio de la desesperación, Hitler seguramente percibió ante sí- y ante Alemania- una nueva capitulación, una nueva rendición, otro Tratado humillante.
Y entonces, como si se tratara de un hechizo medieval -antes de matarse él-, mandó dinamitar el vagón.

