Por Héctor “Tito” López
Donde las calles Solano López y Asamblea se cruzan, aun se levanta, aunque reciclado, parte del edificio del emprendimiento industrial más importante que tuvo el Buceo.
Su estructura revela una importante calidad arquitectónica industrial, destacándose las prolijas paredes de ladrillos, sus cornisas e importantes marcos en ventanales tripartitos y puertas, sobre las que se ve la enseña de Cristalerías del Uruguay.
La enorme nave industrial, convertida en modernos apartamentos, oficia ahora de telón a varios edificios que tomando vuelo, ocuparon el lugar y la altura de las dos chimeneas que por décadas, señalaron con su humeante estela, la intensidad del trabajo en la planta y la dirección que llevaba el viento.
La empresa que tuvo su comienzo en el año 1914 ocupando un modesto local en la calle Asamblea, construyó en 1930 una moderna fábrica en la calle Comercio, llegando a ocupar con el tiempo casi tres manzanas. Allí se creaban todo tipo de artículos en vidrio, incluso fina cristalería tallada. Posteriormente dejando de lado la cristalería, la empresa se dedicó exclusivamente a fabricar todo tipo de envases, que incluso se exportaban a varios países. En otros predios vecinos la industria ubicó su administración, un supermercado para los empleados y zonas de acopio para el vidrio recuperado.
A partir del año 1943 se brinda al personal subsidios por fallecimiento, enlace y nacimiento, así como asistencia médica a empleados y familiares.
El crecimiento de Cristalerías da lugar a que sus obreros y empleados se afinquen en su entorno. A su vez los buenos salarios que paga, propicia que las casillas y ranchos de chapas originales fueran sustituidas por propiedades cada vez más confortables, potenciando el crecimiento comercial de la zona, creando una activa comunidad que incluía varios clubes deportivos. El movimiento del personal en tres turnos diarios, mas el trajinar de los camiones que traían combustible, arena y vidrio recuperado para alimentar el horno, sumados a los que retiraban lo producido, mantenían el barrio en actividad día y noche. Sin embargo aquella empresa ecológicamente necesaria y económicamente viable, cerró sus puertas de forma abrupta en 1999, dejando sin trabajo a buena parte del barrio. En medio de una crisis económica que afectaba a todo el país, el daño infligido a los trabajadores fue enorme y de inmediato se ocupó la fábrica. Siguió una larga lucha apoyada por gremios, vecinos, iglesias, artistas y grupos sociales, en pos de la reactivación de la planta. La llama del horno que se mantuvo siempre encendida a costa de las economías del gremio, fue símbolo de la persistente resistencia.
Finalmente la falta de apoyo del gobierno de la época propició el fin de esa etapa de la lucha y el desmantelamiento de la fábrica, sumiendo al barrio en el abatimiento.
En el 2008 se demolieron las dos chimeneas de la fábrica que aun continuaban siendo una referencia en el paisaje del Buceo. En esa oportunidad los vecinos guardaron como recuerdo trozos de ellas, afirmando que ese día se perdía parte de la historia del barrio.
Pero como la vida es cambio, cuando el corazón de vidrio fundido que mantenía viva la fábrica se apagó, la historia del barrio emprendió otra etapa, tal como lo hiciera cuando Cristalerías se instaló en él.
Como ayer, avasallados por las nuevas construcciones, desaparecieron los ranchos de lata, con sus patios con malvones, las festivas reuniones de canto y comida; y la tranquila vecindad cerca del mar: en otra vuelta de tuerca de la historia; aquellas viviendas son hoy suplantadas sin vacilar por modernas torres, cuyos nuevos habitantes sin duda impondrán su impronta al barrio.
Tabaré Cardozo, vecino también del Buceo, canta con acierto a los nostálgicos:
“Fui para el Buceo para confirmar que…
Parado solo en el campito….
No se puede hacer girar pa atrás la espada veloz de lo infinito”

