(Red. de Mil Palabras: esta joyita que nos regala el escritor y periodista Alejandro Michelena, con fotos de Panta Astiazaran, fue editada en el 2003 por Cal y Canto. Este buen amigo nos otorgó el privilegio de ir trasladando a nuestros lectores la cautivante crónica de una etapa y lugar muy querido de los uruguayos, no solamente por los capitalinos. Una de las fotos muestra al histórico café vacío recién abría al inicio de la mañana. La otra ya es con el ritmo habitual de cualquiera de los días de la semana. Es la primera entrega que pensamos van a disfrutar)
Por Alejandro Michelena
LOS INICIOS
El año 1939 no fue uno más en el transcurso del Siglo XX. Por variados motivos de dimensión e importancia diversa —nacionales e internacionales— ese final de la década de los treinta se sigue recordando hasta el presente como un año intenso, significativo, casi paradigmático.
En el 39 culmina la cruenta Guerra de España, con la entrada en Madrid de las tropas del Generalísimo Francisco Franco, quien había derrotado a la débil y dividida República Española con el apoyo decidido en armas, dinero, pertrechos y hombres, de sus aliados Hitler y Mussolini; con el auxilio —indirecto— de la política de “no intervención” de Inglaterra y Francia. Un poco después comenzaría la Segunda Guerra Mundial, con la invasión a Polonia por parte de las divisiones nazis.
En el Uruguay, con el triunfo del general arquitecto Alfredo Baldomir en las elecciones presidenciales, iba a entreabrirse la puerta para el retorno a la democracia, la que había sido suspendida por el golpe de marzo de 1933, que encabezara el entonces presidente Gabriel Terra. Baldomir, tiempo después, dejaría de lado su pasado terrista y haría un acuerdo con el batllismo que iba a conducir a una restauración democrática cimentada en gran medida en el olvido de las arbitrariedades de la dictadura.
El 39 marca también el comienzo de un semanario independiente, periodísticamente riguroso, destinado a establecer un estilo caracterizado por la ética periodística, y a ser punto de referencia ineludible en lo cultural. El doctor Carlos Quijano fundaba entonces Marcha, que iba a constituirse en presencia necesaria viernes a viernes hasta su clausura —en noviembre de 1974— por el gobierno cívico-militar.
Pero en el caso de los montevideanos particularmente, este año emblemático no lo sería tanto si no marcara el inicio del café Sorocabana, en la esquina noreste de la plaza de Cagancha y la avenida 18 de Julio, en los bajos del elegante y afrancesado edificio neoclásico que pertenecía a Eduardo Iglesias Montero, quien iba a ser por décadas habitué constante y fervoroso mecenas del lugar. Abrió sus puertas el 19 de setiembre del año de referencia (estaba previsto hacerlo unos días antes, el 7).
El que estaba destinado a transformarse con los años en sinónimo de café tradicional entre nosotros, tuvo comienzos que no parecían augurarle ese destino. Surgió por iniciativa de una empresa —que contaba con capitales argentinos y brasileños— en el marco de la agresiva promoción del café llevada adelante por el Departamento Nacional del país norteño, bajo el gobierno de Getulio Vargas, a través de una campaña mundial cuyo objetivo fue colocar una cosecha sobredimensionada del aromático grano. Hasta el nombre tiene un origen brasileño: evoca a la ciudad de Sorocabá, en el área cafetera del Estado de San Pablo.
Memoriosos recuerdan que al principio era un salón relativamente pequeño, que no abarcaba ni la mitad del amplio espacio que luego lo iba a caracterizar. Al comienzo se bebía el café parado, junto al mostrador, al estilo de tantos cafés rápidos que en esa época eran comunes en cualquier gran ciudad. Hasta una pecera lo adornaba, complementando el marcado estilo “déco” de su decoración e instalaciones, en ese momento aerodinámico de tan moderno. Luego se le agregaron mesas, y poco a poco fue ampliándose el salón, abriéndose por fin a través de grandes ventanales hacia la plaza.

Paralelamente a la transformación del primer Sorocabana en el gran café que más adelante centralizaría la costumbre de hacer tertulia de los montevideanos, la empresa iba a fundar muchas sucursales: en la plaza Independencia en los bajos del Palacio Salvo, en la Ciudad Vieja en la calle 25 de Mayo, pero también en General Flores por la zona de Goes y en La Unión, extendiéndose luego a capitales del interior como Colonia, Salto, Paysandú, Mercedes, Durazno, Minas, Treinta y Tres, Melo, Rivera y Rocha. Más allá de fronteras los Sorocabana llegarían a Córdoba, Rosario y Buenos Aires, en la Argentina. La mayoría de estas sucursales —a excepción de la instalada en el Salvo— no iban a tener ese perfil entre cosmopolita y coloquial, entre bohemio y cultural, que ha sido siempre la marca fundamental de la institución cafeteica.
UN CENTRO CON GRANDES CAFÉS
No era sencillo competir con los grandes cafés que por aquellos tiempos poblaban nuestra capital. Para empezar el viejo Tupí-Nambá de la plaza Independencia, que Francisco San Román había fundado en la década del setenta del siglo XIX y que a comienzos de los cuarenta era un antro venerable, “el café” por excelencia en Montevideo, allí donde se encontraban los políticos, los comerciantes, los artistas, los deportistas, los intelectuales. Un lugar célebre en el mundo, recordado por viajeros sensibles al mismo plano que el Tortoni de avenida de Mayo en Buenos Aires, que el Pombo y el Gijón de Madrid, que el Greco de Roma, que el Florián de Venecia, que el San Marco de Trieste, que Les Deux Magots y el Dome de Paris, que el café De la Parroquia de Veracruz, y tantos otros —simbólicos y cargados de magnetismo cultural— por el ancho mundo.
Pero había otros cafés de fuste en nuestra principal avenida, como el elegante Montevideo de 18 y Yaguarón, donde hacía tertulia una cofradía por un lado vinculada a la política y al Partido Colorado (gracias a la vecindad del diario El Día) y otra vinculada al tango. O el Ateneo, frente al reciente Sorocabana, con su rueda de literatos que presidían Paco Espínola y Manuel de Castro, y su atmósfera vinculada al esplendor del ritmo del 2 X 4 alentado por la brillantez —que entonces comenzaba— del tango del cuarenta bajo batutas mágicas como las de Anibal Troilo y Julio de Caro, por ejemplo.
En Convención y 18 abría sus puertas el rumoroso La Cosechera, por donde pasaba a lo largo de los días todo el mundo: el magnate y el pordiosero, el conocido político y el anónimo ciudadano, el artista que había triunfado y aquellos que —como sucedía en aquel porteño Café de los Angelitos— tenían “perdida la fe”. Por la calle Andes, el Boston era frecuentado por la gente del Sodre y por fervorosos cultores del arte del billar y la generala. En la plaza Independencia el ajedrez y el socialismo monopolizaban las mesas del enorme y melancólico café Británico, mientras que en el Palace y el Armonía de la rinconada sureste se mezclaban gente de tango y de teatro con criollos memoriosos y judíos recién arribados de Europa Central a causa de la guerra.
En 18 y Ejido el inmenso Sportman era un ámbito propicio para la morosa conversación, mientras que más adelante —a la altura de Tristán Narvaja— su casi tocayo el Sportsman albergaba las ruidosas reuniones de los estudiantes de derecho y notariado, y también las peñas más serenas de los discípulos del filósofo Carlos Vaz Ferreira que frecuentaban el lugar luego de asistir a las conferencias del “maestro” en el Paraninfo de la Universidad.
No era entonces empresa fácil imponer un estilo novedoso para un novato café de la avenida. Y sin embargo, los años cuarenta atestiguarían el desarrollo del Sorocabana como alternativa dinámica para el encuentro coloquial en Montevideo.
(continuará)

