Por Alejandro Michelena
Al llegar a su cumpleaños número veinte, el rumoroso café de la plaza Cagancha ya no era novedad para los montevideanos. Se estaba transformando en “el gran café” de la ciudad, digno heredero del rol del viejo Tupí-Nambá que transitaba su última década de vida. En esos años comenzaba a ser algo cotidiano la frase que de ahí en más se transformó en clásica: Nos encontramos en el Sorocabana.
Recién traspuesta la mitad del siglo se estableció en el café una rueda de partidarios de la lista 15 del Partido Colorado, que giraba en torno a José Fernández Caiazzo.
Un poco antes tenía allí su mesa Martínez Trueba. En franca competencia, estaba la presidida por Juan Carlos Furest, con gente que respondía al Partido Nacional. Y manteniéndonos en el terreno político, en los tramos finales de los cincuenta eran asiduos del Sorocabana otros batllistas como Teófilo Collazo, Eduardo Paz Aguirre y alguien de melena rebelde —siempre apresurado, con la corbata desprendida; uno de los “jóvenes turcos” en los que tanto confiaba Luis Batlle— cuyo nombre era Zelmar Michelini. Los intelectuales que se entusiasmaron con Benito Nardone por su prédica rural como Chicotazo, antes que los decepcionara desde el poder, también tuvieron su mesa; allí se pudo ver a Alberto Methol Ferré, al propio Reyes Abadie, y alguna vez a Carlos Real de Azúa.
Persistieron los exiliados españoles, ahora un poco más viejos y ya asentados en el país como periodistas, empleados administrativos, libreros y profesionales. Debieron soportar muy cerca una mesa de gallegos, fuertes comerciantes y fervorosos franquistas; se sacaban chispas —sin llegar a la guerra abierta— cuando las órbitas azarosas de los días acercaban los grupos en el microcosmos cafeteico. Lo más pintoresco de todo fue que de tanto verse las caras, a la vuelta de los años algunos de los integrantes de ambas peñas no vieron mayor problema en mezclarse, iniciando una convivencia pacífica solo alterada cuando el tema era la Guerra de España y unos empezaban a cantar fuerte Cara al sol y los otros entonaban Ay Carmela…, teniendo que venir varios mozos a separarlos. Al día siguiente, ya aplacados los ánimos, seguían sin mayores problemas evocando los buenos toreros de antes, entusiasmándose con el desempeño del uruguayo Santamaría en el Real Madrid, tarareando canciones de Miguel de Molina e Imperio Argentina

Fue en ese medio siglo cuando varias mesas —avanzada la mañana y hasta primeras horas de la tarde— fueron ocupadas por vendedores de libros. Algunos de ellos utilizaron de ahí en más, por años, las mesas redondas de mármol como improvisada aunque permanente “oficina”; en tal escenario, en medio del característico sonar de los pocillos al ser preparados en el mostrador, con el aroma penetrante a buen café molido, aleccionaban a sus equipos en las técnicas en boga en esos tiempos de venta de libros en cuotas a domicilio (enciclopedias, clásicos en lujosas encuadernaciones, y el proberbial catálogo de la editora Jackson con los best-sellers del momento como Lin Yutang, Vicky Baum o Nickos Kazantzakis). Muchos nombres integraron esta fauna peculiar de los vendedores de libros, —portando cada uno su inconfundible valijón con la “cultural” mercadería— pero baste recordar algunos de los más asiduos como Samuel Nitz, José Menéndez y el señor Salkovsky.
Cambió en el ámbito del Soro el signo de los exiliados argentinos allá por mitad de los cincuenta. Luego de la Revolución Libertadora recalaron allí los que habían apoyado al gobierno anterior, como don Arturo Jauretche —el cofrade de Scalabrini Ortiz en Forja, el viejo irigoyenista que creyó ver en Perón un posible continuador de aquella esperanza que abortaron el golpe del 30 y la Década Infame— , el historiador e iniciador del revisionismo José María Rosa, el radical pensador nacionalista Jorge Abelardo Ramos que tanto fascinara en los años que siguieron a jóvenes de ambas orillas platenses.
Pero hubo también exiliados de otras latitudes, como el ecuatoriano Velasco Ibarra (elegido reiteradamente en elecciones democráticas, y siempre derrocado por un nuevo cuartelazo), el boliviano Víctor Paz Estenssoro que después sería internado por el gobierno en la ciudad de Minas, y aquel paraguayo opositor a la tiranía de Stroessner —el Dr. Orlando Rojas— que estuvo muchos años en nuestro medio.
De los 60 a los primeros 70: el Sorocabana sobrevive
Para un analista riguroso de nuestra realidad como fue sin duda el Dr. Quijano, la larga crisis económico-social que estancó al país y culminó en la dictadura militar había empezado ya en 1955. Aunque la mayoría de los uruguayos comenzó a palpar agudamente el deterioro después del recodo del año 60. En lo que hace a los grandes cafés —hasta el momento centros indiscutidos de la vida coloquial montevideana— esta crisis significó en casi todos los casos el final del camino.

El Británico cerró sus puertas en ese crucial 55, y cuatro años después tendría igual destino su vecino, el casi centenario Tupí-Nambá. Seguirían el Ateneo y el Montevideo en los primeros sesenta, y el Boston y el Palace al final de la década. Al punto que al alborear los setenta, los únicos lugares del ramo con ángel y tradición seguían siendo —apenas— los entonces muy alicaídos Brasilero y Jauja de la Ciudad Vieja, y en cuanto gran café en forma solitaria, casi como un “elefante blanco” en la avenida, el Sorocabana de la plaza Cagancha.
Hay que recordar que aparte de la crisis, que hizo inviables muchísimas empresas (el London Paris y la confitería Americana, dos ejemplos notables), se dio además el fenómeno de la moda “modernizante”, que en ese tiempo era sinónimo de plástico y cármicas. Mucha gente, llevada por esa ola seudo-renovadora abandonó la costumbre de asistir a los viejos cafés de mesas de mármol y sillas de madera, apretujándose en los recintos cármicos pletóricos de colores desentonados y ruido supuestamente musical, en los que el olor a frituras y la mala atención comenzaron a ser norma… Y lo grave es que 18 de Julio y las principales avenidas sufrieron la invasión de tales antros del mal gusto, que por suerte —al compás de otras modas— comenzaron a desaparecer desde fines de los ochenta. Por el camino quedaron los cafés tradicionales, cuando no persistieron horrendamente “plastificados”, como fue el caso del emblemático Vaccaro de Goes en los sesenta y del Jauja en los setenta.
La sexta década del siglo le dió al Sorocabana esa característica de ser un café de veteranos. En esos años fue cuando la edad promedio de su parroquia se alejó definitivamente de los márgenes juveniles para acercarse a la madurez e incluso a la tercera edad. Ese fenómeno tuvo que ver por un lado con el inevitable paso del tiempo: los jóvenes de los cuarenta, veinte años más tarde ya no lo eran tanto… Por otra parte, para el criterio mayoritario y convencional de las nuevas generaciones posteriores al 60, el Sorocabana resultaba un lugar aburrido y hasta decadente, encandilados como estaban por el brillo engañoso de las cármicas.
A pesar de los pesares, el último gran café de Montevideo pudo resistir los embates de la adversidad, apoyado fundamentalmente por una clientela constante y fiel, que seguía siendo variada y múltiple.

