Inteligente reflexión sobre la violencia diaria

Por Javier Miranda

“Lo fusiló”, “lo ajustició”, “lo aplastó”, “fue un misil”, “cuerpo a cuerpo”, “la Batalla del Río de la Plata”, “gladiadores”, “lo vapuleó en la refriega”, “velan sus armas”, y hablan de fútbol. Así hablan de fútbol.

“Matalo” es la pedagógica síntesis con la que algunos padres desde las canchitas de baby fútbol le transmiten a sus hijos la forma cómo deben marcar a un delantero del otro equipo, tal vez amiguito del barrio, compañerito de escuela, vecino o primo, vaya uno a saber.

La violencia no sabe de mejores o peores circunstancias, ni de termostatos o sensaciones térmicas, ni de casi nada. La violencia está acá a la vuelta de tu esquina. Dentro de las casas, en el seno de las propias familias se entrelazan vínculos violentos a diario.

En las canchas, en el tránsito, en casi todas partes nos vinculamos a través de formas cada día menos tolerantes, más agresivas, proclives al choque, a la imposición de lo que sea. Los delitos son una parte visible de esa violencia cotidiana.

Y han bajado. Y seguirán descendiendo. El problema es que los cambios culturales cuestan un poco más. Y reconocerlos también supone un ejercicio de sinceramiento.

El presidente Tabaré Vázquez resumió lo que sentimos muchos, muchísimos, cuando señaló que tanto el ministro Bonomi como su equipo están haciendo una muy buena tarea. “Ya se empiezan a ver algunos resultados y seguramente se van a ver resultados positivos un poco más adelante”. Es un respaldo contundente, fuerte, convencido, responsable.

Desde la fuerza política también vemos la evolución de las cifras que sustentan que en el continente se destaque a Uruguay como el segundo país en América en ranking de seguridad. Pero la oposición insiste en su relato del miedo, como certeramente lo definió el propio ministro durante la reciente interpelación.

De acuerdo a los datos recabados por el Índice de Paz Global elaborado por el Institute for Economics and Peace junto a varios expertos de institutos para la paz y think tanks y el Centre for Peace and Conflict Studies, de la Universidad de Sydney, Uruguay es uno de los dos países más seguros de Latinoamérica. Pero desde la tribuna de enfrente, siguen tirando piedras con formas de titulares de prensa.

Las cifras son elocuentes y revelan la dirección en la que se está trabajando.

La rapiña ha bajado en todo el país un 3,1%. La tendencia de crecimiento promedio acumulado desde 1985 es de un crecimiento del 10% y en 2016 no solo dejó de crecer sino que está bajando. En Montevideo el descenso es de un 4,5%, departamento que concentra el 81% de las rapiñas de todo el Uruguay.

De acuerdo a lo que el propio ministro Bonomi sostuvo en el Parlamento, la estrategia orientada a reducir las rapiñas tiene tres ejes centrales: el nuevo sistema de patrullaje basado en evidencia donde el Programa de Alta Dedicación Operativa (PADO) tiene un rol central. El segundo es la extensión del sistema de video vigilancia en el área metropolitana que implica la instalación a partir del año que viene de 3.200 cámaras que se suman a las actuales y el tercer pilar son las reformas legislativas que se acordaron en las reuniones multipartidarias.

Es decir, las cifras no mienten, la dirección en la que se está trabajando es auspiciosa y supone más recursos, mejores herramientas, legislación que contemple las nuevas y complejas realidades delictivas, todo un paquete de medias y acciones que deberán ser apuntaladas desde todos los ámbitos de la sociedad. Porque la violencia no es solo un problema que pueda arreglar el gobierno, ni este ni ningún otro. Aunque debe liderar las decisiones y los caminos a recorrer.

La violencia intrafamiliar, entre aquellas personas que supuestamente deberían cuidarse, protegerse, es un fenómeno que supera lo imaginable. Padres, madres, hijos, abuelos, conviven en una dinámica violenta que a veces naturaliza la agresión como forma de comunicación.

Ese es un dato de la realidad. A nadie se le ocurriría pedir la censura de un ministro por ello. Y sin embargo, nos debería interpelar a todos como sociedad.

 

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