Pokémon go: perdiendo la batalla cultural

(Nota VECINOS: una muy buena nota escribió en La Diaria la periodista Micaela Domínguez Prost sobre Pokémon go, el juego que según dicen hace furor. Nosotros extractamos y trasladamos a los lectores, la parte sustancial, para tratar de interpretar este nuevo fenómeno que nos acerca la tecnología, y a nuestra modesta forma de opinar, nos aleja de la cultura, y en cierta forma nos transforma, como bien dice la nota, en zombis. Realmente para quienes peinamos canas, hay ciertas cosas que nos dan escalofríos, un poco puede ser y lo aceptamos, porque pertenecemos al mundo donde una de las cosas más bellas era enamorarse de una mujer o viceversa, donde los sentimientos, la sensibilidad, solidaridad, el estremecerse al ver feliz a un niño, uno lo podía visualizar, palpar, sentir. La nota de Micaela nos cuenta algunas de esas, para nosotros, truculencias que trae como consecuencia este tipo de juego. Y lo peor es lo que puede estar por venir, que lo desconocemos, pero no creemos que sea nada bueno, porque en el fondo, pensando nos dirán con cabeza de los 60, pasa por ganar la cabeza de la gente y precisamente nos parece que estamos perdiendo la cabeza. Eme Eme

Las reglas son sencillas: hay que explorar el entorno con la pantalla del celular para ubicar y cazar a criaturas virtuales. Hay “figuritas fáciles” y pokemones “legendarios” en sitios remotos. Hay que pasar con frecuencia por “pokeparadas” para recibir huevos, pociones y “pokebolas”. Una vez que se accede a una parada, hay que esperar unos minutos para regresar a la cacería, así que lo ideal es jugar en parques u otros lugares abiertos, y hacer tiempo paseando. Si se capturan muchos pokemones se pasa de nivel, y hay que darles caramelos virtuales a los animalitos para que evolucionen. A partir del nivel 5 se puede competir en gimnasios virtuales (ubicados en lugares reales) para conquistarlos y convertirse en “líder”.

Desde que apareció esta aplicación, en muchas ciudades se ven grupos de zombis que, celular en mano, chocan con todo lo que se les cruza en su afán de capturar a un preciado bichito imaginario. En Japón la Policía informó acerca de 36 accidentes de tránsito y 71 violaciones de las normas de seguridad vial relacionados con el juego a tan sólo tres días de su lanzamiento. Hubo hombres que cayeron en zanjas o se estrellaron contra autos estacionados, niños en bicicleta que chocaron y malentendidos cuando algunos celulares apuntaban en dirección a las caras de transeúntes. Se detuvo a personas por merodear en forma sospechosa, y hasta parece que un pibe estaba persiguiendo pokemones y se encontró con un oso salvaje. Es lo que tiene el juego, te obliga a moverte. Jóvenes que pasaban horas inmóviles frente a una pantalla ahora caminan, hacen ejercicio, conocen lugares que nunca habían visto y hasta realizan descubrimientos imprevistos: en Riverton y en Nashua, localidades de Estados Unidos, sendos jugadores hallaron cadáveres flotando en el agua mientras buscaban pokemones acuáticos.

Hay gente pa’ todo

Los fanáticos del juego están dispuestos a recorrer grandes distancias para lograr sus objetivos. Hace unos días se viralizó un video falso de un mexicano que, enterado de los rumores en las redes sociales de que Articuno, un pokemón legendario, podía encontrarse en la cima del Everest, decidió emprender el viaje. El video, en tono humorístico, encierra algunas verdades de este fenómeno: “No vine a esta montaña a hacer hazañas de alpinismo, sino solamente a atrapar a Articuno” dice el pibe mientras cuenta que estuvo al borde de la muerte varias veces pero que el juego lo vale.

Para los jugadores fanáticos, los lugares en sí perdieron su significado y pasaron a ser más o menos interesantes según el número y la calidad de los pokemones que allí aparecen. Los parques se han llenado de gente que en apariencia pasea y disfruta del sol, pero que en realidad está esperando para volver a pasar por una pokeparada. Hay videos escalofriantes de cientos de personas empujándose y corriendo porque apareció un Squirtle en un parque de Washington, o un Vaporeon en el Central Park de Nueva York.

La resignificación (o designificación) de los espacios tuvo repercusiones a nivel mundial: autoridades del museo del Holocausto en Estados Unidos y del ex campo de concentración de Auschwitz en Polonia instaron a la gente a no ir allí a jugar, por considerarlo -con razón- sumamente inapropiado; en Bosnia se les pidió a los jugadores que intentaran no caminar sobre zonas en las que aún hay minas terrestres; en Japón varios grupos de personas se acercaron a las instalaciones nucleares de Fukushima porque se rumoreaba que albergaban raros pokemones eléctricos, y la Policía de varios países ha debido recordar a sus ciudadanos que ingresar en una propiedad privada es delito, haya o no un tierno bichito virtual allí. La ceguera respecto del mundo real que provocó esta repentina atención al virtual ha generado críticas sociales y políticas, como los fotomontajes del artista sirio Khaled Akil, con pokemones deambulando junto a niños por zonas destruidas por la guerra.

La obsesión por el juego lleva, evidentemente, a no prestarle atención a lo que realmente está ante uno (sea un pozo, una tumba o un niño sufriendo), pero también es verdad que ha logrado sacar de sus casas a personas que quizá antes no encontraban en el “mundo real” suficientes motivos para hacerlo. Entre los beneficiarios de esto hay numerosas instituciones que aprovecharon la coyuntura: museos y parques temáticos que ofrecen descuentos y juegos especiales a usuarios de la aplicación; puestos de registro de votantes para las próximas elecciones estadounidenses estratégicamente ubicados cerca de alguna pokeparada, y hasta taxistas que cobran tarifas especiales para llevar pasajeros, durante horas, en largas cacerías por distintos barrios. También se lanzó la aplicación PokeMatch, una especie de Tinder que conecta a personas para que salgan a atrapar pokemones juntos y, por qué no, tengan la oportunidad de enamorarse durante la cacería.

El miércoles la aplicación empezó a estar disponible en Uruguay, y rápidamente fue descargada y festejada por muchos mientras la repudiaban otros tantos, que ven en este fenómeno un síntoma de la creciente estupidez y falta de contacto con el mundo en esta época. Todavía no sabemos cuántos accidentes, grandes descubrimientos o nuevas parejas traerá, pero hay algo que es innegable: desde hace dos días hay más personas recorriendo las frías calles del país.

 

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