Héroes anónimos: aún quedan héroes de perfil bajo

(envío de una lectora de VECINOS)

De camino a una fiesta de cumpleaños, un frío sábado de julio, paré un taxi en la calle.

Mi celular inteligente, parece que de pronto perdió la lucidez, y decidió  deslizarse de mi bolsillo y caer al asiento.

Al bajar del vehículo, me dí cuenta que me faltaba algo, lamentablemente, casi que este “bichito” tecnológico es una parte de mi estructura física.

En seguida quise llamarme, digo, a mi celular tan inteligente y de última generación, pero no tenía cómo, creo que los teléfonos públicos se extinguieron y ni nos percatamos.

Al llegar al cumpleaños y relatar lo ocurrido, dos amigos comenzaron a llamar a mi número, pero el celular inteligente, estaba de “estrella”, no quería atender.

Afortunadamente mi esposo aún estaba en casa y desde la computadora rastreó, parecería en los tiempos que corren, a una  “parte de mí”.

Mi móvil estaba en Carrasco y el conductor contestó el llamado tan gentilmente que se ofreció a traerme al otro día, un domingo de mañana, el imprescindible aparato, a la puerta de mi domicilio.

En el festejo donde estaba, varias personas me habían dicho que ya lo diera por perdido, que seguramente, algún pasajero ya se lo había guardado.

Parece ser que lo que actualmente nos vamos acostumbrando a pensar, que lo que uno pierde, no vuelve, que las personas no devuelven lo que no es suyo, que la buena voluntad y la solidaridad cada vez son  islas más pequeñas en el océano de la vida, invaden el pensamiento colectivo.

Sin embargo, aquel domingo de mañana, mi celular volvió a mí, fue un día de distanciamiento pero reconozco haber sentido algo similar supongo, al sentimiento de abstinencia, algo que me sorprendió de mi misma, ya que me vanaglorio con preferir la charla cara a cara a los “chiches tecnológicos”.

Así descubrí el rostro del  hombre honrado que me ayudó. El señor además me comentó que en otra oportunidad un pasajero se olvidó en su taxi de un maletín con U$ 4.000 y él también actuó de la misma forma, ya que como afirmó, su familia le enseñó: que lo que no es de uno hay que devolverlo.

Eternamente agradecida a Guzmán, el conductor del móvil 135 (Taxi Carrasco), por haberme ayudado y por hacerme seguir creyendo en los héroes anónimos, que existen, solo que andan con perfil bajo.

 

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