Por Celsa Puente
Llevo tantos días de aislamiento que ya no llevo ni la cuenta. Y hoy, encima, llueve… Llueve desde que abrí los ojos, por momentos en forma potente y por otros mansa y suavemente pero hace horas que me desperté y hace horas que llueve sin descanso.
Recuerdo que de niña la lluvia me dejaba sin ganas de hacer nada. Cierta melancolía venida seguramente del fondo de los tiempos se apropiaba de mi ser. Aquello de la morriña gallega, una condición ancestral de la nostalgia expresada como un rasgo de la naturaleza en la lluvia siempre presente en los lares de quienes heredo la vida.
La lluvia es algo más que agua que circula, es armonía en sonidos variables, es luz que cambia y enciende tonos singulares en imágenes inesperadas, es también vida que remite al límite del tiempo con la nada, pero aún aceptando que el agua se vincula tanto con el origen de la vida, yo no puedo evitar que me provoque cierta desolación interior, irremediable, ingobernable, imposible de erradicar.
Cuando conocí a Galicia entendí muchas cosas de mi historia personal y familiar. Vinieron a mi cabeza imágenes de otras vidas: la lluvia funcionando siempre como un telón de fondo y con ella , las melodías que despierta esa mansedumbre del agua que cae habitualmente por allí y cierta tristeza y lentitud en el hacer, un hacer siempre cuajado de melancolía. Aún en los momentos de mayor felicidad y celebración plena, irremediablemente hay un instante que se viste de tristeza cuando hay más de dos gallegos o gallegas juntas y es una melancolía que aunque sosegada, no se retira con facilidad, tiene la persistencia de los tiempos, un desde siempre ineludible que todo lo tiñe.
Hace muchos años –más de una década y media – que visité aquel retazo del mundo de donde proceden mis antepasados. Allí vive Pedro, mi primo escritor de micro relatos que me esperaba cargadito de afectos sostenidos en una infancia compartida en Uruguay. Fuimos dos niños felices disfrutando la sencillez de nuestros juegos en la vereda, las visitas a la playa en los días de sol y las canciones divertidas a toda hora y en todo lugar.
Particularmente recuerdo a Pedro como un gran contador de chistes. Solía provocar la atención familiar aún desde muy chiquito y preparaba su repertorio de historias graciosas y chistes breves con la dedicación de un artista consagrado, provocando las delicias de todos los integrantes de la familia. En los tiempos en que lo visité, habían pasado muchas horas desde aquella infancia feliz. El estaba tramitando su divorcio. Fue en el discurrir de aquellas conversaciones hiladas con el afecto del tiempo sin vernos pero hilvanadas con la naturalidad del amor que nunca caduca a pesar de la distancia y las horas sin vernos , que al narrar las circunstancias de su vida allí, me nombró la lluvia.
-Aquí siempre llueve… siempre. En esa charla, él colocaba a la lluvia como parte del escenario del sufrir. -Un día llegué a sentir que tenía raíces en los pies, después de diez días de lluvia ininterrumpida – me dijo.
Me quedé con esa imagen. Suelo tener una capacidad de visualización inevitable y pude verlo, en ese momento, con esas ramificaciones, imaginé sus pies y aquellos deditos desarrollando breves y frágiles extensiones hacia el suelo y lo visualicé intentando desprenderse de la tierra, luchando por caminar, por moverse, por cambiar y superar aquella situación. Intenté ayudarlo con mi imaginación, desprendiendo aquellas ramificaciones inquietantes que lo ligaban al suelo de esa Galicia fértil pero a la vez, atrapadora.
La lluvia y la quietud, la lluvia y el letargo, la lluvia y ese paréntesis que abre en nuestras vidas enlenteciéndola. La lluvia como carga ancestral contra la que luchar para llegar a regalarle algunos soles a nuestra descendencia.


Brillante tu relato Celsa, muy emotivo y trajo a mi memoria los juegos que realizábamos en la ciudad de Florida con un montón de primos y primas en vacaciones, algunos ya no están. También de un primo que adoro y que los dos vivíamos aquí en Montevideo que cuando llovía solíamos pasar películas mudas en una máquina de cine muy antigua. Tu relato despertó en mí una nostalgia inmensa. Gracias por compartirlo.
Cuánta belleza cargada de sabiduría en tus palabras!!! Parece sentirse esa escena y esos recuerdos ancestrales.