Ricardo Piñeyrúa en líneas que emocionan

Ricardo Piñeyrúa en líneas que emocionan

(Nota de Red.: Nos parece que presentar al Profesor Ricardo Piñeyrúa está un poco demás. Hombre de gran trayectoria, de mejor pluma, comentarista deportivo, y fundamentalmente fino estilo para utilizar las palabra siendo coherente -gran virtud- entre su forma de vida y su pensamiento.

Estas líneas que escribió son instantes de su vida, recordando a un amigo de la infancia, Aquíles. Lo motivó  cuando en estos días de cuarentena que todos nos “inventamos” y sacarlos adelante encontró entre sus papeles, una carta de Aquíles. Primero van las líneas de su amigo y luego lo que nos regala el Profe con sus sentidas palabras).

Para Aquiles

Por Prof. Ricardo Piñeyrúa

Quedamos juntos al tomar distancia para armar la fila, la clase había terminado y nos íbamos, el timbre era la señal que esperábamos para alejarnos de la dura y escrutadora mirada de Delmira, la maestra de tercer año.

Cuando el vozarrón de Delmira anunció que podíamos bajar los brazos, lo miré por primera vez, iba a intentar decir algo pero se adelantó y dijo “Soy Aquiles y me arreglé con Beatriz Blanco” Beatriz era por supuestos la más linda de la clase

Venía de un colegio, de Fátima a la Escuela Sarmiento, las clases habían empezado hacía un par de semanas y él recién llegaba, era un flaco, rubio, alto, de pelo muy corto, con una media americana exagerada y un jopito adelante.

Fue la primera conversación de muchas que ataron nuestras vidas, en la que más que hablar, hicimos. Años de encuentros y desencuentros. Él era el “Flaco” y yo “El colorado”

Compañeros de escuela hasta sexto, mal estudiante él, abanderado yo. Cuando la maestra pasaba a recoger los deberes, se escabullía para ir al baño o se escondía, y sus flacas carpetas lo denunciaban a fin de año.

Vecinos del Parque Rodó, juntos recorrimos todos los juegos.

Fuimos soldados en el fondo de los Pangallo, atrincherados tras un murete, fumábamos unos Whiston clandestinos que comprábamos sueltos, protegiendo nuestras cabezas con cascos de plástico para esquivar las balas enemigas.

Cowboys con pantalones de flecos de cuero y dos cananas con pistolas, sobreros con cinta y escopetas de plástico.

Basquetbolistas en Sporting y en un rincón de su casa, donde un agujero en la pared oficiaba de aro, adolescentes “cambas” con remeras Le Coq Sportif, pantalones altos y mocasines porteños.

Tuvimos nuestra banda de rock “The Bad Boys” cantando “la casa del sol naciente”, con una guitarra eléctrica artesanal que había hecho Huguito Da Silva y con un par de tambores de cartón que él tocaba muy mal.

Fuimos, sólo eso, fuimos… niños jóvenes como cualquiera en cualquier barrio de Montevideo.

Como en casi todos, empezamos a desencontrarnos, algo en él no lo dejaba tranquilo, afán de aventura quizás, necesidad de irse, de alejarse, de no competir con la perfección de otros, de encontrar su vida.

Y se fue, una novia, el sueño de España, Barcelona y un sinfín de aventuras que contó con su sonrisa perene y un botellón de vino de calidad, bebido en vasos plásticos de yogurt cuando regresó, en aquel barco gigante que demoraba 20 días en cruzar el Atlántico.

Pero ya éramos otros, Uruguay tenía dictadura, se sentía el frío y el temor, cada uno había tomado un lugar, yo tenía hijos y él llegó desencajado de esa realidad, le costó encontrarse, pero siempre tenía ese “Qué hacés muñeco” en su boca que hacía sentir que todo estaba bien.

Se tomó  un TTL conmigo cuando me fui perseguido por la dictadura, estaba aislado, sólo y asustado. Me reconfortó y apoyó. Subió en el Centro mientras yo esperaba para subirme en Carrasco, acompañado por Jorge mi suegro, un tipo único.

Me senté a su lado, se suponía que no debíamos conocernos, pero él me apretó el brazo y recuerdo su “Tranquilo muñeco todo va a salir bien”.

En la aduana, bajó a mostrar los documentos mientras me hacía el dormido, el mío era de Darwin mi hermano, muerto hacía dos años. Pasamos.

Al llegar a Porto Alegre le pedí que consiguiera un hotel mientras esperaba las valijas, cuando me di vuelta ya había regresado, había entrado en el primero que vio, carísimo para los pocos dólares que me había dado mi suegro y otros pocos que juntaron mis amigos.

Así era Aquiles, disfrutó del desayuno del hotel y del jugo de naranja que derramó sobre la cama, del aire de libertad que yo sentía al salir a la calle sin temor, sin lentes oscuros y sin mirar atrás.

Al otro día el abrazo enorme abrió la separación del exilio, él volvía y yo quedaba.

Tras cuatro meses en Brasil fui a Argentina. Tuve un exilio acompañado, mis amigos viajaban a vernos a Buenos Aires, dos, cinco, ocho. Mi casa era una gran cama y entre tantos, casi siempre Aquiles.

No era raro sentir el timbre del portero eléctrico y que sonara la voz de un amigo inesperado y otra vez su voz “Me vine atrás de una manteca”

El desexilio nos encontró separados, tenía su vida, andaba por otros rumbos, ambos con hijos, intereses diferentes, él cargando con la noche, alcohol y murga en la cabeza, yo con la militancia, no percibí que se me iba, que lo perdía, estábamos acá y quedamos más lejos que cuando estaba en Buenos Aires.

Años después, yo había dejado AEBU y la militancia política. Mi partido se había quebrado y yo con él, luchaba por encontrar un camino, trabajaba en una estación de servicio, con un salón chiquito y mugriento donde sonaba en la radio “Aquí está su disco” toda la mañana.

Un día la oficina se oscureció cuando una mole se paró en esa pequeña puerta, el tipo que me miraba, era enorme, gordo y con una cara redonda que me costó reconocer, pero su sonrisa me lo trajo nuevamente.

Trabajaba en una pinturería, estaba gordo, enorme, pero para mi seguía siendo el flaco Aquiles, luchaba como todos para seguir adelante.

Cuando en el trabajo me perdieron la confianza y quedé en la calle con unos pocos pesos en el bolsillo, la casa hipotecada y una gran desazón, cuando sentí que el mundo me aplastaba, me llamó.

“Tengo que verte” nos encontramos en el bar en Bulevar España y Benito Blanco, estaba muy mal, quizás peor que yo, hablamos como nunca lo habíamos hecho, juntos lloramos, él no tenía un mango y le di la mitad de los pocos pesos que me quedaban para seguir adelante.

La última vez fue el 14 de setiembre del 2010, Sporting cumplía 100 años, con Jorge mi hijo conducimos la fiesta y Aquiles estaba, apagado, con su o sus hijos, no recuerdo, me abrazó, lo vi fatigado, pero la fiesta me absorbió y una vez más no me di cuenta, seguí adelante sin detectar la mirada triste que no se correspondía con él.

No se la fecha, ni el año, si el momento, venía o iba de la casa de mi hijo en San Francisco y a mitad de camino sonó el celular. Era Carmen, su compañera, con la dureza de las palabras que no buscan ni encuentran formas amables, me dijo que Aquiles se moría.

Fui cobarde ante la certeza de la muerte, dudé, demoré todo lo que pude para no enfrentar la realidad, al final fuimos con Rosario a verlo.

En una cama de la Española estaba su cuerpo, gigante, hinchado, amarillo.

Dormía y respiraba con dificultad, lo acariciamos y lloramos, lloramos y le hablamos, queriendo que nos escuchara, que no se fuera.

El egocéntrico que hay en mí piensa, quiero pensar que me esperó, que fui importante para él como él lo fue para mí. No sé, quizás, murió o lo dejaron morir cuando salimos de la habitación, espero que tranquilo, si es que hay alguna tranquilidad en ese momento.

Lo perdía una vez más y para siempre.

Pero él caprichoso, anda en mis sueños, se aparece en las anécdotas, en los cuentos a mis nietos, y cada tanto me mira con los brazos extendidos tomando distancia, con la túnica blanca y su moña descorrida, a veces alto, elegante, conquistando a las más lindas de los bailes, o gordo y con la cámara de fotos colgando de su hombro, pero siempre es él, el de las pocas palabras, cómplice, solidario.

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