Obdulio, un hombre patrio

Por Hugo Giordano 

Nota de Redacción: (Giordano es una de las mejores plumas que hoy reside en el Departamento de Maldonado. Tenemos el honor de trasladar a los lectores de la web de VECINOS, estas líneas en homenaje al gran capitán Obdulio Varela cuando  el pasado 20 de setiembre hiciera fecha de los 100 años de su nacimiento) 

Obdulio Jacinto Varela pasó a la historia como el capitán del conjunto que, en condiciones extremadamente desfavorables, ganó la gran batalla de Maracaná. Y, sobre todo, por cierta actitud que asumió apenas Brasil hizo el primer gol del partido. Mientras las tribunas deliraban, se apoderó de la pelota y la retuvo debajo de su brazo por varios minutos, en tanto daba cauce, traductor mediante, a una airada protesta ante el juez de línea. No logró que el árbitro invalidara el gol, pero sí sacó del riel a una locomotora que, de otro modo, nos hubiera pasado por encima. Sin esa jugada “de pelota quieta” es casi seguro que no se habrían dado las “combinaciones” que permitieron luego remontar el score adverso, aguarle una fiesta descomunal a los anfitriones y, de paso, sacar pasaje directo hacia LA GLORIA. Por eso, el futuro monumento a su memoria no lo mostrará a caballo y con el gesto adusto, ni luciendo terrible gacho y sonrisa ganadora; lo exhibirá con la camiseta celeste y la pelota debajo del brazo, tal como a la mayoría de la gente le gustaría inmortalizarlo.

Ahora bien: en el curso de su vida Obdulio protagonizó varios episodios excepcionales que, sin embargo, no obtuvieron mayor resonancia; unas veces porque se desarrollaron fuera de la cancha y con pocos espectadores, y otras veces porque tuvieron lugar allí donde el personaje público pasaba a ser simplemente “Jacinto”. Y como no por ser ellos menos conocidos y épicos, han de ser necesariamente menos aleccionantes y valiosos, es que vamos a tomarnos el trabajo (placentero) de rememorar algunos de los más ilustrativos.

EL CREDO VARELIANO
A los 75 años, realizando una especie de balance de lo vivido, Obdulio manifestó:
“He sido honrado, he sido buen amigo de mis amigos, no soporto la injusticia, adoro a los niños, adentro de la cancha siempre di lo mejor y cuando me puse la celeste, no sé, fue como si me transformara. Ahí entendí lo que quería decir patria, me sentí responsable de la alegría o la tristeza de los demás. Y también me sentí libre, me sentí importante. Por si fuera poco está la rebeldía, la posibilidad de decir que no cuando uno quiera”.
Vayamos por partes…
-”He sido honrado”
Cuenta Catalina Keppel (doña Cata), compañera suya de toda la vida:
“Tuvo siempre un concepto muy especial, muy estricto, de la honradez. Prueba de eso fue la actitud cuando lo emplearon en el Casino. ¿Quién ignora que ahí pasa de
todo, que le untan las manos a cualquiera, como dicen los que saben? Ya desde los primeros días él vio tanta cosa rara, que decidió tomar distancia, cortar por lo sano, no complicarse de ninguna manera. No darle posibilidades a nadie. Me pidió que le cosiera los bolsillos del saco y del pantalón; así no corría riesgos que alguien viniera a meterle unas fichitas. Hasta se hizo odiar por algunos compañeros, que estaban en otra. Pero se mantuvo firme. Ya le dije: tiene una idea muy clara y arraigada de la moral, de la honradez”.
-”He sido buen amigo de mis amigos”
Sigue contando doña Cata:
“¿Los amigos? Con ellos fue fiel en todo momento, solidario, mano abierta, de una sola pieza. (…) Cuando murió el Mono (Schubert Gambetta) lo afectó terriblemente. Cuando volvió del entierro, se deprimió de una forma impresionante. Durante casi diez días prácticamente no comió. Se había sumido en una especie de tristeza solidaria. No hablaba, no nos contaba nada, aunque nosotros en casa sabíamos qué le pasaba. Pero él es así, callado con sus cosas más íntimas. Al final lo superó, fue saliendo de a poco de esa angustia”.
-”No soporto la injusticia”
En diciembre del año 45 Peñarol fue derrotado en el Estadio por River argentino. Como se festejaba con ese partido la adquisición del campeonato uruguayo y la recaudación había sido muy importante, la Comisión Directiva de Peñarol resolvió entregarle a sus jugadores, pese al resultado negativo, un premio especial: 500 pesos para Obdulio, dada su sobresaliente actuación, y 250 para el resto. Tal actitud discriminatoria mereció una respuesta drástica de parte del capitán mirasol: “o 250 o 500 pesos, pero a todos por igual. No podía admitir distinción que no correspondía. (…) Yo nunca me consideré más que nadie y el procedimiento no podía ser otro”. Resultado: Obdulio impuso su sentido de la justicia y cada uno recibió 500 pesos.
-”Adoro a los niños”
Recurramos nuevamente a la palabra de doña Cata, a propósito del gran apoyo que su esposo le prestó a la Cruzada del Dr. Caritat, en favor de los niños:
“Una vez se había organizado un partido en campaña y no se pudo jugar por la lluvia. Jacinto dijo: “Hoy suspendemos el almuerzo. Nos arreglamos tomando café con leche y cada cual paga lo suyo”. En otra ocasión, un dirigente generoso quiso tener la gentileza de invitar a toda la delegación de la Cruzada con whisky, en una confitería de afuera. Y entonces Jacinto pidió la palabra: “Muy bien, doctor. Usted paga el whisky y nosotros tomamos café. La diferencia la volcamos en favor de la Cruzada”. ¿Qué le parece?”.
-”Adentro de la cancha”, etc., etc….
Cuanto tiene que ver con sus méritos deportivos es por demás conocido, por lo que saltearemos esa parte para detenernos en su última afirmación:
-”Por si fuera poco está la rebeldía, la posibilidad de decir que no cuando uno quiera”
Cedámosle, un vez más, la palabra a su esposa:
“Peñarol había firmado contrato con una empresa para colocar el nombre de ésta en el frente de las camisetas. Jacinto no quiso saber nada. “Se acabó el tiempo que a los negritos les ponían una argolla en la nariz”, decía. Intentaron convencerlo de mil maneras, pero él insistía: “Miren, ustedes, me pagan para jugar al fútbol. Si quieren un hombre para llevar carteles, contraten a Fosforito”. Al domingo siguiente, Jacinto salió con su camiseta limpita, mientras que en el pecho de los demás resaltaba la propaganda de aquella empresa”. 

SU CORAZON BOHEMIO

¿Con quién nos quedamos, entonces? ¿Con el Héroe de Maracaná, o con el Campeón de la Integridad? Antes de aventurar una opción personal, veamos primero cuál es la opción del propio Obdulio Jacinto.
La opinión de su nieto veinteañero (Daniel Cardozo) no deja dudas al respecto: “Trataba de escaparle al mito, no quería ir a lugares con mucha gente, se aislaba. Prefería ir adonde los amigos lo conocieron como Jacinto, no como Obdulio, el de la hazaña. Se sentía más identificado con Jacinto que con Obdulio…Siempre vivimos esa dualidad: de la puerta para adentro era Jacinto, y para afuera era Obdulio”.
Algo similar había expresado él antes: “Maracaná casi que no pertenece a mí, es de la gente, del público. Dejalos nomás que se acuerden de Maracaná. Lo mío lo vivo yo, lo de Wanderers es mío, ¿comprendés?”. Su carrera profesional había comenzado en el 38, defendiendo a ese equipo. Luego de lucir durante cinco años la camiseta albinegra, llegó el pase para Peñarol. Pero él abandonó el cuadro de “los bohemios” con mucho dolor. Poco después de que se concretara la transferencia, pidió y consiguió una camiseta “nuevita flamante” del viejo y querido Wanderers. Desde entonces nunca se separó de ella, “el más grande tesoro” que le dio el fútbol.

El siempre regaló todo (trofeos, medallas, insignias, plaquetas, objetos de arte, banderines, relojes, fotografías). Total, qué importa -reflexionaba- si “todo lo que quise y todo lo que quiero lo conservo con egoísmo en este viejo cofre del tic tac”…Hasta la camiseta y “los botines del cincuenta” donó, y allí están, integrados al acervo de nuestro Museo del Fútbol…No hubo cosa de la que no se desprendiera…si prescindimos de aquella albinegra “nuevita flamante”…“¡Esa sí que no la doy. Esa es mía solamente y quiero que me acompañe siempre, pero siempre”.
En ese caso excepcional no se contentó con el recuerdo anidado en algún rincón de ese corazón suyo que él comparaba con un cofre relojero. Necesitó, además, de la presencia tangible, cercana y permanente del objeto venerado. Ocurría que su ciclo wanderista estaba ligado a un período muy especial de su vida: “la época de la juventud plena, vivida a todo pulmón, la época libre, llena de amigos, divertida, cuando nos parecía que podíamos tocar el cielo con las manos. La época de la ilusión”, cuando “todavía no habían aparecido las tristezas ni los desengaños”. De modo que la camiseta a rayas blancas y negras que por ese entonces él defendía adquirió, en su fuero íntimo, las dimensiones de símbolo de un estado de dicha que más tarde vivenciaría como efímero e irrepetible…
Lo cual nos confirma que, entre el Jacinto de los afectos iniciales y el Obdulio de la gran epopeya, él se inclinaba sin vacilar por el primero.
No somos quienes para contrariarlo. Y si de privilegiar alguna de las facetas de su personalidad se tratase, cada quien que elija el Jacinto que más le plazca: el de los bolsillos cosidos, el que se dejaba morir junto a su amigo del alma, el que no aceptaba trato diferencial en las premiaciones, el que por todo almuerzo tomaba un café con leche, con tal de brindarle más a los niños, o el

En ese caso excepcional no se contentó con el recuerdo anidado en algún rincón de ese corazón suyo que él comparaba con un cofre relojero. Necesitó, además, de la presencia tangible, cercana y permanente del objeto venerado. Ocurría que su ciclo wanderista estaba ligado a un período muy especial de su vida: “la época de la juventud plena, vivida a todo pulmón, la época libre, llena de amigos, divertida, cuando nos parecía que podíamos tocar el cielo con las manos. La época de la ilusión”, cuando “todavía no habían aparecido las tristezas ni los desengaños”. De modo que la camiseta a rayas blancas y negras que por ese entonces él defendía adquirió, en su fuero íntimo, las dimensiones de símbolo de un estado de dicha que más tarde vivenciaría como efímero e irrepetible…
Lo cual nos confirma que, entre el Jacinto de los afectos iniciales y el Obdulio de la gran epopeya, él se inclinaba sin vacilar por el primero.
No somos quienes para contrariarlo. Y si de privilegiar alguna de las facetas de su personalidad se tratase, cada quien que elija el Jacinto que más le plazca: el de los bolsillos cosidos, el que se dejaba morir junto a su amigo del alma, el que no aceptaba trato diferencial en las premiaciones, el que por todo almuerzo tomaba un café con leche, con tal de brindarle más a los niños, o el que salió a la cancha con la camiseta aurinegra de siempre, en tanto sus compañeros lucían marcas comerciales sobreimpresas. Eso va en cada uno.
Yo me quedo con el Jacinto que a los 25 años recibió una camiseta albinegra y la guardó a su lado hasta el fin de sus días, dándole a ella más valor que a la suma de proezas posteriores, ésas que a nosotros nos deslumbraron y nos indujeron a idealizarlo.
El sentir del Negro Jefe no coincidió con el de la generalidad y hay que respetarlo porque brotaba desde lo más hondo de su “viejo cofre del tic tac”; un cofre enorme y, desde hace más de 21 años, silencioso.

 

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