¿QUÉ CELEBRAMOS?
Al recordar este año los 125 años del arribo de la Madre Francisca Rubatto al Uruguay (1892-2017) para iniciar su vida misionera en América , cobra fuerza la dinamicidad y creatividad del carisma de esta mujer que se encarnó y mantuvo un diálogo permanente con la realidad concreta, dando respuestas vitales a la realidad circundante. Es cierto que hubo en ella una enorme apertura, una enorme docilidad a la acción del Espíritu que hizo posible su respuesta generosa y audaz.
¡Y por eso celebramos! Celebramos una nueva dimensión de la novedad de su carisma: La Misión como respuesta a la realidad que clama.
Corría el año 1892. Se recordaba el cuarto centenario de la llegada de los europeos a América. América, el continente de la esperanza, era también el continente de las venas abiertas… el lugar de las grandes contradicciones. Era el lugar de la vida frágil, amenazada… pero de la vida al fin!
– Una vida frágil y amenazada en los grandes cinturones de pobreza y desarraigo que enormes cantidades de emigrantes iban formando en las orillas de las ciudades.
– Una vida frágil y amenazada en los muchos enfermos que no contaban con los medios necesarios para atender sus dolencias y que muchas veces morían solos y totalmente desprotegidos.
– Una vida frágil y amenazada en la niñez y la juventud que no tenía la posibilidad de recibir una educación que los preparara para una vida digna en los albores de un siglo que se iniciaba prometedor pero desafiante.
Y la Madre Francisca salió aprisa al encuentro de esa Vida.
Realizó cuatro viajes a América. Y lo hizo en medio de dificultades e incomprensiones. Pero no hay duda de que más allá de esos inconvenientes ella comprendió perfectamente el encargo de Jesús de anunciar el evangelio del Reino a todas las naciones.
– En el primer viaje, entre 1892 y 1894, fue el primer contacto y conocimiento de una nueva realidad. El principal campo de acción fue la atención de los enfermos, fundamentalmente en los Hospitales Italianos de Montevideo y de Rosario (Argentina), pero también en domicilios particulares.
– En el segundo viaje, entre 1894 y 1896, su campo de acción misionera se extendió a la atención de la niñez y la juventud con la fundación de las primeras escuelas – taller.
– El tercer viaje (1897 – 1899) supuso un nuevo giro en su impulso misionero ya que estuvo marcado fundamentalmente por la apertura de la Misión en Alto Alegre (Brasil) para el acompañamiento de la población aborigen. Misión que marcó un hito fundamental en la historia personal de la Madre y en la del joven Instituto con el martirio de 7 hermanas.
– El cuarto viaje (1902) fue el último y del que no retornó a Italia. Hubo nuevas fundaciones. También fue una etapa de declive en su salud física que la llevó finalmente a la muerte el 6 de agosto de 1904, día de la Transfiguración del Señor. Y aquí murió, cumpliéndose aquella profecía de Don Bosco cuando le dijo que moriría en tierras extranjeras.
¿POR QUÉ LO CELEBRAMOS?
Hoy, 125 años después del primer arribo de la Madre Francisca al Río de la Plata, sentimos la necesidad de renovar aquel espíritu misionero al servicio de la vida plena, porque estamos convencidos de la vigencia de ese carisma que ha atravesado mares, fronteras y épocas y nos sentimos herederos, protagonistas y responsables de la tarea que emerge del mismo . Tenemos la necesidad de re-leer y re–interpretar la realidad actual a la luz del Evangelio y del particular modo de vivirlo que nos ofreció Madre Francisca.
¿CÓMO LO CELEBRAMOS?
Renovando y haciendo propio aquel espíritu misionero al servicio de la vida plena, que animó sus pasos en América:
– en los niños marginados (económica, cultural, social o afectivamente),
– en los jóvenes que no han encontrado el sentido de su vida y lo buscan desesperadamente en la adicción al consumo, a las drogas y a tantas formas de prácticas enajenantes,
– en los hombres y las mujeres que viven en condiciones de miseria e injusticia sin la posibilidad de acceder a condiciones de vida digna,
– en las familias que sufren los efectos de la pobreza, la desunión y la separación,
– en los ancianos que no encuentran un lugar: los que están solos, enfermos, olvidados.
¿No debería pasar por aquí nuestra mejor celebración?

