Gregorio

Por José Luis “Pepe” Ruibal (Marzo, 2016)

Gregorio estaba acostado sobre el oxidado elástico de alambre de una vieja cama. Una radio a todo volumen relataba un partido de fútbol.  Poco a poco se fue despertando sintiendo dolor y ardor en todo el cuerpo.

La cabeza, casi por explotarle. Sólo podía entreabrir los ojos hinchados y amoratados. El techo opresivo, que apenas veía, atravesado por gruesos caños negros, estaba manchado de humedad y con revoques desprendidos. Colgando de un largo cable  una lamparita de poca luz amarillenta con una pantalla casera de cartón sólo alumbraba su cuerpo. Sintió el aire viciado del lugar, mezcla de  mugre, humedad y tabaco. Quiso levantar la cabeza pero apenas pudo. Un alambre le sujetaba el cuello fuertemente igual que sus tobillos y  muñecas atadas al bastidor de hierro que rodeaba el elástico. Intentó nuevamente levantarla haciendo un esfuerzo tratando de tocar el pecho con el mentón. Vio que estaba desnudo, no lo había notado. Se asustó al ver su cuerpo cetrino que había sido fuerte y musculoso ahora irreconocible, demacrado, sucio con manchas de sangre y abultados moretones. Mordiendo fuertemente sus tetillas, tenía dos pinzas de las que se usan para cargar baterías, con sus correspondientes cables, igual a otra que sobresalía de entre sus flacas piernas abiertas mordiéndole el glande. 

Oía conversaciones en voz baja a su alrededor  pero no podía entender qué hablaban. Ni por su posición ver a nadie, ni por la poca iluminación que sólo iluminaba su cuerpo pálido y sucio como centro de un tenebroso espectáculo.  Luego, salvo la radio, se hizo un silencio total y prolongado.  

Preguntó débilmente dónde estaba y no tuvo respuesta. Continuó el pesado silencio. Hasta que sólo oyó una orden en voz alta que dijo, ¡ ahora sargento!. Inmediatamente la lamparita comenzó a parpadear junto a su grito estremecedor y a sus convulsiones sobre el elástico metálico que se separaba centímetros de su cuerpo que se levantaba y volvía a caer. Deseaba morirse pero la lamparita volvía a parpadear y otra vez en un gran temblor y desgarradores gritos a subir y bajar hasta quedar quieto.

No vio más el techo, ni la lamparita, ni su cuerpo, ni oyó más la radio ni conversaciones en voz baja.

Sintió una mano que se le apoyaba suavemente en su sudorosa  frente  y una voz que le decía, “despierte mi General, tuvo una pesadilla, está en el Hospital Militar”.

 

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