Por Pompidio
El domingo hay clásico. Un día antes está el clásico de la Villa, donde Cerro y Rampla Jrs. medirán fuerzas, y ese mismo día, el petit clásico entre violetas y franjeados a jugarse en el Franzini, pondrá a prueba muchas cosas. Esperemos que todo transcurra con normalidad. Aunque para empezar normal el clasico no puede ser, porque si se emplean alrededor de mil policías, es que existe un grado de violencia, la cual parecería que es con la que debemos convivir.
Este fin de semana pasado, hubo incidentes en 4 escenarios.
Peñarol vs. Cerro, golpes de puño, corridas y algunos detenidos.
Defensor vs. Nacional. Terminado el partido, parciales que por lo menos tenían distintivos de Nacional, robaron comercios de la calle Gonzalo Ramirez, y la parcialidad violeta tuvo dificultades para retirarse a sus domicilios
Danubio vs. Wanderes. A la salida de los bohemios de Jardines, los insultos a Nacho González que les hizo el gol en los descuentos y por eso perdió Danubio, y más bronca contra González porque se formó en la institución, lo esperaron, lo insultaron y se terminaron peleando entre ellos.
Liverpool vs. Sus América. Se subieron parte de la parcialidad negriazul, al techo del vestuario visitante, con el propósito de agredir a un futbolista naranja
Sede de Rampla con pintadas amenazadoras por el clásico de la Villa que se juega el próximo sábado.
Por otra parte, la policía detuvo y pasó a juez a un parcial de Peñarol de 18 años y otro de Nacional de 17, incitando por Facebook a la violencia en la previa al partido de sus equipos.
Y todo eso no se puede aceptar. Todos sabemos porque lo dicen las propias autoridades y hace ya bastante tiempo que escuchamos las “historias de la tribuna Amsterdam”, especialmente. Que se dan entrada para las “barras”, que las mismas se pelean entre sí, disputándose el dominio de la venta de droga en dicha tribuna, o el manejo de la prostitución y otras historias, y esas historias “parecen verdaderas”, porque hasta tiros existieron y también ajustes de cuentas, lejos de las tribunas, alejados incluso del Estadio Centenario, pero originados en esa tribuna o por un partido de fútbol.
Cuando escribimos “parecen verdaderas” las noticias que surgen de los sucesos que se repiten, campeonato tras campeonato, lo hacemos adrede, porque nos cuesta comprender, como en un espacio tan reducido -una tribuna es un espacio reducido en relación a una ciudad- esas tropelías no se pueden solucionar o mejor dicho, erradicar.
Que los policías no entran, que los equipos de seguridad de los clubes no se meten, que los boleteros tienen miedo y no sabemos ya qué otro absurdo vamos a escuchar. Para nosotros no poder solucionar esos episodios, son como un insulto a la inteligencia.
El tema es sencillísimo. Generalmente es Peñarol o mejor dicho, una pequeña parte de su parcialidad la que genera esos problemas
¿Será tan complejo destacar un contingente importante de efectivos, uniformados y de particular y terminar con esas pequeñas mafias?
Nos parece que están jugando otros aspectos que nada tienen que ver con un sistema de seguridad y sí tienen una carga política muy fuerte.
Apostar efectivos en el lugar donde se producen los problemas equivale, seguramente a un enfrentamiento, donde alguien saldrá lastimado. Sucederá una vez, sucederá en dos partidos, pero no en tres. Porque estos pequeños mafiosos, que son la parte más superficial de la mafia fuerte, tienen una virtud: no comen vidrio molido.
Y ante la posibilidad de ser molidos a palos, la cosa se termina, por lo menos en ese reducto, donde todos dicen que se vendía droga, que se ejercía prostitución escondidos debajo de las banderas, y que ir a un baño, era casi ser boleta.
Claro, luego vienen las críticas. La policía se le fue la mano, el reprimir no es de la izquierda, el operativo fue mal pensado, la persuasión no existió y salen los falsos defensores de la libertad a defender, sin darse cuenta tal vez a esos malandrines.
Lo real es que si se nos dice todos los días que los dirigentes regalan entradas, se nos ocurre que deberían existir mecanismos sencillos, con tantos adelantos de la tecnología para que eso no exista más. Y de la única manera que no exista más, es agarrar infraganti a un dirigente, suministrándole entradas a los “barras” o al referente y meterlo en cana bastante tiempo. Los otros, si es que los hay, rápidamente se les va las ganas de repartir entradas a los malandras.
Solamente en Uruguay se lleva tres años, viendo si se colocan cámaras o no se colocan, si las paga la AUF o las pagan los clubes.
Toda la prevención posible, toda la paciencia del mundo para encauzar a las tristemente famosas barras bravas. Exagerar incluso al pretender incluir en la vida social a cuando loquillo que anda por ahí. o que vistiéndose con la camiseta del equipo que dicen querer, se pasan de la raya. Hasta ahí todo bien , pero si los límites se pasan, seguramente la forma de solucionarlo es reprimiendo, no hay otra. Porque es tremendamente injusto que un padre no pueda llevar a su hijo al fútbol, o que se tenga que ir a ver un partido de fútbol, con el temor de lo que puede pasar.
