El viejo molino de Pérez

Por Alejandro Michelena

(Nota de Redacción: el escritor Michelena, amigo de este medio, nos dio la oportunidad de llevar a los lectores este breve relato del Molino de Pérez. Y viene muy bien, porque es uno de los temas que encarará, seguramente con fuerza, el nuevo Concejo Vecinal que empezará a trabajar el próximo 28 de noviembre. Un lugar especial, donde lo histórico, incluso la atracción turística, y lo cultural puede, de ser bien explotado, generar un nuevo atractivo para la ciudad y no como ahora, que parece un lugar abandonado, sin ninguna vida interior de significación)

El entorno es particularmente atractivo: un arroyo que serpentea entre árboles típicos del bosque criollo, una barranca con interesante vista hacia el mar, un viejo molino de agua. El lugar es el comienzo del Parque lineal arquitecto Baroffio, y la antigua construcción el Molino de Pérez, único ejemplo de su tipo que se conserva en Montevideo.
Lo mandó construir Juan María Pérez, patriota y emprendedor hombre de negocios de tiempos de la «patria vieja». Fue en la década de 1840, en tierras que le pertenecían, continuando la tradición de un viejo molino de los Padres Jesuitas que había funcionado desde el siglo anterior en el mismo paraje. En el tiempo en que Pérez instala su molino abundaban en los alrededores de la ciudad los de viento, y éste fue único en sus características. Utilizaba la fuerza motriz del arroyo, que si bien no tenía un caudal intenso era constante y permitía su uso para esos menesteres. El trigo se cultivaba allí cerca, en cuarenta cuadras que Pérez dispuso para ello.
El edificio: una fuerte construcción de piedra y ladrillo, tenía en su planta baja cuarto de molienda, graneros y depósitos, y en la segunda la vivienda. Precisamente, allí se instaló ya viejo y ciego Juan María Pérez en 1845, en plena Guerra Grande, y allí falleció ese mismo año. El molino siguió cumpliendo su labor específica hasta casi el fin del siglo XIX, cuando la tecnología de los similares a vapor lo volverían obsoleto.
Vale la pena imaginar cómo era ese lugar hasta el 900. Una zona rural con poca comunicación con la cercana capital, que todavía no había iniciado su explosivo crecimiento hacia el Este. Fuera del molino eran pocas las construcciones, y hasta el Camino de la Aldea quedaba bastante lejos.
En los primeros años del siglo XX el Molino de Pérez quedó abandonado, en medio de un entorno agreste. Así lo recreó Domingo de Santiago en un aguafuerte en donde aparecen el molino, la cañada y un paisaje invernal anegado. Poco después fue don Pedro Figari quien tuvo allí por un tiempo su atelier.

Algunas historias vinculadas al Molino y las barrancas

¿Quién que viva cerca del Molino de Pérez desde los años sesenta no recuerda a Don Antonio? Este era un viejo de edad indefinida, nervioso y desbordante, con rasgos geniales por momentos, que residía allí en un vago rol de cuidador. Lo hacía en la parte alta del edificio, rodeado de antigüedades, y a todo el que se le acercara le hablaba de los problemas con un hijo desagradecido. Una noche de esos tiempos, muchachos que le conocían y frecuentaban –compartiendo con él esa cuota de fecunda locura que lo destacaba- le cantaron una serenata… Don Antonio, dotado de una voz operática, comenzó de pronto a entonar desde adentro del molino «La fuerza del destino», despertando en la demanda a todos los vecinos.
Los malvinenses que pasan los sesenta recordarán tal vez a Lito Delgado. Sobre todo sus novias, que fueron numerosas… El encarnó de manera algo tardía -su momento fue a comienzos de los años sesenta- el arquetipo James Dean en ese barrio. Todavía aparece, de cuando en vez, su silueta en las conversaciones: se lo evoca bailando aquellos rock and rolls de Bill Halley y sus cometas, con un buzo negro apretado de mangas marcando bien los bíceps, pantalones ajustados y cortos a la reciente moda italiana, el jopo sí auténticamente a lo Dean. Cuentan las historias apócrifas de Malvín –en este caso bordeando la leyenda- que Lito proyectó una vez dirimir un pleito de faldas con un contrincante de otra zona del modo en que lo hacían los personajes de la película Rebelde sin causa: mediante una carrera de autos por el camino de la barranca que limita con Punta Gorda, ganando quien llegara más cerca del abismo…

Los años más recientes

Con el tiempo el Molino de Pérez fue restaurado. Incluso se le colocó una rueda similar a la que una vez tuvo, proveniente de un molino equivalente que funcionaba en el Abra de Perdomo, en Maldonado. Y más adelante se revocaron sus paredes, se restauraron los tirantes de madera de los techos y los entrepisos. Su vinculación con el arte plástico continuó: allí funcionó mucho tiempo el Taller Figari, y no hace tanto tuvo en él su sede la asociación de artistas plásticos.
Desde mitad de siglo pasado el entorno del Molino de Pérez se transformó en un parque atractivo, rodeado por las fronteras de dos barrios residenciales: Malvín y Punta Gorda. La barranca, que se impone como paisaje escenográfico para quien llega desde la rambla, tiene en la altura una calle con algo de provinciano; a su vera construyeron sus casas pintores como Horacio Torres.
Lo lamentable, sin embargo, es el grado de abandono en que se encuentra el edificio del Molino de Pérez al presente… Vandalizado con seudo grafittis entre bizarros y delirantes, rodeado de mugre y basura acumulada, llama la atención que -por su condición histórica y de referente de identidad de la zona- no reciba el cuidado y la vigilancia debidas, así como su puesta en uso como centro cultural, por ejemplo.

 

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