El vicio salvó vidas: la Isla de las Gaviotas y sus curiosidades

El vicio salvó vidas: la Isla de las Gaviotas y sus curiosidades

Por Víctor Bariani, Héctor López (Tito)

(Portal MIL Palabras: Víctor y Tito, asiduos colaboradores, nos alcanzaron un trabajito que de alguna manera lo conocen de bastante cerca, por ser añejos vecinos de Malvín)

La Isla de las Gaviotas es definida como un pequeño islote, situado en el Rio de la Plata al sur de la playa Malvin a 400 metros de la costa. Buena parte de su superficie irregular y rocosa esta normalmente bajo las aguas, tal como se aprecia en la foto aérea tomada en marea baja.

El resto, apenas media hectárea de tierra firme, está cubierta por palmeras, tamarices, transparentes, cañaverales y otras especies herbáceas.

El único equipamiento que posee el islote, es un muelle construido en el año 1940.

La isla lleva su nombre debido a la gaviota cocinera, que es la especie dominante en ella, aunque se ha registrado que más de 40 especies de aves la frecuentan, 6 de las cuales nidifican en ella.

La vegetación que cubre la isla, no es por cierto autóctona y según testimonio grabado en una de sus rocas, los primeros arboles fueron plantados por el Sr. Sebastián Massaferro, en el en el año 1893. Lo hizo en homenaje a quienes le salvaron luego de naufragar y permanecer tres días en la isla, soportando un violento temporal.

Pero más allá de los datos precedentes, recordemos que tiempo atrás la isla estaba muy integrada a la vida cotidiana de Malvin, de tal forma que no eran pocos los vecinos que para bien y para mal, la frecuentaban regularmente.

En aquellos tiempos que la ecología y el cuidado del medio ambiente era tema de algún idealista, la isla se utilizaba con mucha frecuencia, para descansar y pescar o para realizar competencias de nado y náuticas.

También era  usada como albergue transitorio de parejas o lugar para animadas reuniones con asado y vino, generalmente más de este que de aquel, con los consecuentes desmanes contra la acosada fauna de la isla.

En la década del 40 del pasado siglo, la publicidad desembarcó en la isla para utilizarla, sin pudor alguno, como un gran punto publicitario. Con el verde oscuro de la vegetaci6n que la cubría como telón de fondo, nueve enormes letras pintadas de blanco, aseguradas sobre otros tantos cubos de cemento, proponían a los paseantes, FUME LA PAZ, algo que actualmente sería considerado una agresión ecológica, tanto a la isla, como a la salud pública.

Hoy que los usos y reglamentaciones cortaron o casi, aquella excesiva familiaridad, para muchos de los nuevos pobladores del barrio y más aún, para los que en sus vehículos pasan raudamente frente a ella, la isla es vista… si es qué la miran, solo como un curioso referente paisajístico, con aire de plaza engalanada con palmeras, caprichosamente instalada como un adorno frente a la playa.

Sin embargo atrapadas entre las rocas de su pequeño territorio, hay un caudal de vivencias forjadas  entre vientos,  olas, remos y velas, que componen una saga digna de ser trasmitida. Entre las anécdotas, reales o casi, no escasean las jocosas o en las que la fantasía juega un papel primordial. También las hay cargadas de dramatismo, así como las que revelan la eterna irresponsabilidad humana.

Alguna de ellas son imborrables.

En 1963 se inició la construcci6n de un aerocarril desde la costa hasta la isla para su explotación turística. Por errores de cálculo no pudo darse el uso previsto y las torres permanecieron afeando el paisaje durante muchos años. Posteriormente fueron demolidas con explosivos por el ejército, aunque sus basamentos aún permanecen tanto en la costa como en la isla. Tiempo después los mismos actores de la demolición, arrasaron casi toda la vegetación de la isla, para facilitar una exhibición de fuegos artificiales.

El tiempo reparo aquellos daños, pero el aumento de la polución tanto en la isla como en su entorno, fue alejando a muchos de sus naturales visitantes. A pesar que ha mejorado la calidad del medio ambiente, algunos de ellos no han regresadon. Hay quien recuerda los cisnes de cuello negro y otras especies que deambulaban entre los escollos del norte, cada vez que algo los molestaba en sus humedales naturales. También las miríadas de chorlitos que alborotaban la playita caminando a paso rápido. Faltan los gigantescos albatros, que sin temor agitaban sus alas como velas, alertando a quien se aproximaba demasiado. Y especialmente faltan las queridas toninas, nuestro delfín autóctono, que en grandes grupos retozaban por allí.

Concluimos esta nota, con el humor y dramatismo de una de las tantas anécdotas asociadas a la isla, que nos cuenta:

El grupo de amigos llegó en la mañana a la playa Mansa de Malvin, convenientemente  pertrechado, con vino, asado y una guitarra. Cargaron las vituallas en una chalana, la empujaron al agua y alegremente remaron hasta la isla.

Por sobre las nueve letras del cartel de FUME LA PAZ, que tanto afeaba la isla, se dejaba ver un gris difuso que comenzaba a cubrir el cielo. Sin prestar la menor atención a ese detalle, desembarcaron y al igual que otras personas que ya les habían precedido, encendieron el fuego, cantaron, comieron y bebieron.

Al despertar de una agradable siesta se encontraron solos en la isla, pero con algo de vino para terminar. Y con más bromas y canto terminaron con la bebida y con la tarde, sin percatarse que la noche llegaba acompañada de negras nubes, empujadas por un creciente viento pampero. Cuando se dieron cuenta el mar estaba ya encrespado y crecido y al intentar abordar de apuro la chalana hicieron que ella volcara y llenara de agua. Mojados y asustados volvieron al centro de la isla viendo crecer la noche y el agua.

La angustia de familiares y amigos al ver que no regresaban duró hasta las primeras horas de la mañana, cuando en una lancha de la prefectura salieron a buscarlos.

La isla estaba casi cubierta por las aguas, pero al acercarse vieron con alivio a los cinco muchachos agotados pero vivos, agarrados a las letras del cartel de propaganda.

Irónicamente esa vez el vicio salvó vidas

Datos históricos y geográficos:

Don Omar Medina Soca, Director del desaparecido  Museo Marítimo  Malvin.

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