
Obras de 38 artistas nacionales y extranjeros
Por Alfons Hug, curador general
La Bienal de Montevideo es probablemente la única en el mundo que se lleva a cabo dentro de un parlamento. El espacio plantea de por sí un desafío especial. El contexto político brota prácticamente de manera natural, sin que por ello la exposición deba estar dedicada a la política cotidiana.
Sin embargo, ante la precariedad de un mundo en el que la miseria, las guerras, los daños ambientales, la exclusión social y la discriminación cuestionan la supervivencia de la humanidad, también el arte vuelve a ponerse en tela de juicio.
En un mundo en crisis, la ausencia de puntos de contacto entre diferentes civilizaciones deriva en un vacío peligroso. Diferencias culturales que en principio podrían ser productivas, adquieren carácter absoluto, volviéndose así insalvables.
En el marco de la bienal interesa conocer de qué manera estas devastaciones del mundo real y de las relaciones interhumanas se plasman en el arte. Como las obras de arte son más que meros datos de la realidad, la condensación artística de fenómenos reales será también siempre más ambigua y compleja que un simple informe. Esta regla se aplica incluso cuando el artista se sirve de la fotografía y el video, dos medios a los que se adjudica gran proximidad con la realidad. Si bien los artistas están insertos en los conflictos, no por ello duplican el mundo, sino crean espacios de libertad dentro de esa realidad.
La gran cantidad de estrategias de documentación que en los últimos años pudieron observarse en las exposiciones internacionales, sugieren que se va desvaneciendo la confianza en el poder de la estética. También parece ser el caso de la literatura, un ámbito en el que obras periodísticas, biografías y libros de consulta y autoayuda están desplazando a la ficción. Ante el estado precario del planeta y la urgencia de sus problemas, los artistas y curadores parecen buscar la salvación en análisis científicos, informes y ensayos discursivos de la realidad, en desconocimiento flagrante de las posibilidades que encierran los procesos estéticos.
Las colonias de arte, sin embargo, son lugares de apartamiento, islas de resistencia en el mar de la uniformidad. El arte revela las capas interiores del mundo que un enfoque superficial, sea de naturaleza política o sociológica, no alcanza a percibir. Mucho habla incluso a favor de que el arte ha sustituido a la filosofía como la gran intérprete del mundo.
Toda experiencia estética es un proceso profundamente subjetivo que fortalece al individuo, lo que a su vez es una condición fundamental para el desarrollo de una sociedad democrática y moderna. La misión social es inherente al arte; no es necesario ordenarla.
La bienal es una zona extraterritorial en la que los artistas edifican sus asentamientos utópicos. Es un reservorio protegido en el que se escurren las corrientes comerciales y fracasan las estrategias políticas. Se interpreta como último diferencial acumulador de la masa crítica y la energía positiva que generan las condiciones necesarias para la transformación social y permiten vaticinar nuevas formas de la convivencia humana. Toda generación de artistas está convocada a redimensionar esta tierra de nadie y delinear sus contornos.
Los cuatro espejos en el Salón de los Pasos Perdidos son testigos mudos, incorruptibles de esta creación, y los aliados más confiables de los artistas.
