Fútbol y anécdotas

Fútbol y anécdotas

(Del blog del periodista Señorans (Qué la cuenten como quieran) rescatamos una linda nota de situaciones que se daban en el fútbol de varias décadas atrás, donde el profesionalismo era una utopía….hoy sigue pasando algo parecido con el profesionalismo que tenemos en el país, ubicándonos a enorme distancia del “real” o sea el que se juega en las “grandes ligas” donde militan decenas de futbolistas uruguayos).

Una improvisada cancha en el patio de la cárcel. Presos parados al borde de la línea y otros gritando desde las celdas. Y de pronto se escucha un alarido: “¡Loncha, matá a uno así te venís a jugar para nosotros!”. Defensor jugando en el penal de Punta Carretas. Tan increíble como real. Allá por la década del 60 era habitual que los violetas concurrieran a jugar partidos a la cárcel donde hoy está el shopping.

Aquella idea comenzó a gestarse entre los propios jugadores y a pedido de los presos. “Si no tienen miedo, les hacemos un partido”, mandaban decir los detenidos a través de conocidos del plantel violeta.

“Los jugadores tomamos la iniciativa porque había gente conocida y había muchachos presos que nos pedían, ‘che que tal si les hacemos un partido”, reveló Baudilio Jauregui, exjugador de aquel Defensor a Que la cuenten como quieran.

“Recuerdo que nosotros íbamos caminando a Punta Carretas, porque estábamos al lado, entonces ya íbamos calentando. A todos nos daba gusto concurrir a jugar al penal. Es más, si había que jugar en una cancha llena de barro, nos embarrábamos, no nos importaba”, recordó Dagoberto Fontes en charla con Que la cuenten como quieran.

¿Dónde se jugaban los partidos? En medio de un patio que había en el Penal de Punta Carretas. Fontes reveló que “se hacía como en el campito, se ponían unas piedras o los buzos, y esos eran los arcos. El travesaño era imaginario, como en el fútbol americano. Pero nada nos privaba de jugar”.

Jauregui recordó que el campo de juego era pelado y que en muchos lugares tenía pedregullo, por lo que caer era todo un tema.

Trasladar aquella idea a estos tiempos resulta poco menos que impensado. Si bien se dieron algunas exhibiciones, es poco probable que un plantel de fútbol se meta a jugar en una cancha embarrada y contra los presos.

En ese entonces, el primer equipo de Defensor era dirigido técnicamente por Alejandro Morales que, según revelaron los jugadores, aceptaba sin reparos la idea de jugar en la cárcel.

“Eran otros tiempos. La mentalidad era otra. Hoy los valores económicos son otros. Nosotros éramos más amateur que profesionales, ganábamos un sueldo, premio, y alguna prima pero nada que ver con lo que pagan hoy en día. Estamos hablando del año 69, muchos de aquellos jugadores de Defensor recién empezábamos y estábamos dispuestos para que lo que viniera. De hecho, también fuimos a jugar partidos al Vilardebó”, expresó Jauregui.

Dagoberto Fontes comentó que los presos no se ponían complicados, por el contrario, disfrutaban aquel instante en que salían del encierro.

“Todo el que estaba ahí adentro había cometido un error, o no, pero nosotros no hacíamos diferencia, el que quería jugar, jugaba. A veces llegamos a entreverar los equipos para hacerlos más parejos”.

Fontes recordó que alguna vez se quedaron a compartir unos refuerzos de pan con mortadela, “que era el fiambre preferido ahí adentro. Era un momento muy emotivo para nosotros y de esparcimiento para ellos”.

Pero la anécdota más jugosa de aquellos duelos en la cárcel de Punta Carretas la narró Luis Garisto, con su particular estilo, en una nota con el periodista Joselo González.

“Cada vez que voy al shopping Punta Carretas me acuerdo que ahí estaba la cárcel y cuento aquel partido…”, comenzó diciendo Garisto.

“A nuestro kinesiólogo, le bajaban tarros de plástico colgados de piolines desde los pisos altos, y le pedían “¡meteme el alcohol que tengas!”, “¡linimento también sirve!”, le decían. Lo pedían para chupetear, cualquier cosa que tuviera alcohol o cualquier líquido tóxico que hubiera; les gritaban a los presos de abajo que pusieran en los tarros cualquier alcohol que trajéramos. No les poníamos nada, por supuesto”.

Garisto agregó: “Abajo, alrededor del patio, había una multitud de presos rodeados de guardias. Estaban en silencio pero era peor que si estuvieran gritando. Les habíamos llevado camisetas y pelotas para un campeonato interno que estaban organizando, pero por supuesto que igual nos querían ganar y en el patio, la selección de ellos nos jugó un partido a muerte. Era ese partido que no se iba a repetir. Para ellos y también para nosotros. Estuvo bravísimo con la hinchada que tenían a los costados y en los pisos altos. Pero el Loncha Ibáñez, Abayubá Ibánez, la rompía aunque lo mataban a patadas. Les hizo como cuatro goles, los apabulló, en el último dribleó a cinco. Entonces se oyó un grito terrible desde el piso más alto:

“¡Loncha, matá a uno así te venís a jugar para nosotros!”.

Se rieron. Ya estaba. Se habían entregado. El partido estaba ganado. Ya podíamos salir de la cancha y volver a la joda”.

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