Por Hugo Bervejillo
Bienaventurados los traidores, porque vivirán más que los mártires
Simón el Apóstata
El 24 de enero de 1964, el Jefe de Policía de la ciudad de Treinta y Tres comunicó a la Dirección de Inteligencia y Enlace de la Jefatura de policía de Montevideo que había recibido una denuncia consistente en que, al día siguiente se produciría un golpe de estado allí en la capital olimareña, a cargo de civiles armados, con respaldo militar.
La denuncia había sido hecha por Eduardo Pezzuto, cura párroco de José Pedro Varela, quien, además, agregó que el plan era tomar los puentes de acceso a la ciudad y copar radioemisoras para emitir proclamas.
Montevideo tomó el aviso con la mayor seriedad. ¿Por qué?
Apenas terminó la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos cambió radicalmente de enemigo. Derrotado – por lo menos, militarmente- el nazismo, ahora el enemigo a nivel mundial pasaba a ser el comunismo. Fue la llamada Guerra Fría.
Por consiguiente, todas las embajadas y consulados norteamericanos en el mundo se dedicaron a detener la influencia de la Unión Soviética apelando a las ciudadanías autóctonas.
En nuestro país, esa política fructifica en 1951 con la Liga Oriental Anticomunista. En 1958 se crea el MONDEL (Movimiento Nacional para la Defensa de la Libertad)|; poco más tarde, la ODLA (Organización Democrática Latinoamericana), que toma como sede de sus reuniones el Ateneo de Montevideo; en 1960, ALERTA (Asociación de Lucha Ejecutiva contra los Totalitarismos en América), y poco tiempo después, una filial, el MEDL- estudiantil- cobra dinámica propia. En 1962 se funda ORPADE (Organización de Padres Demócratas) y su primer titular fue el dr. Carlos Stajano, médico cirujano y político del Partido Nacional, que. entre 1959 y 1961 había sido Ministro de Salud Pública.
A mediados de 1962 apareció la ODI (Organizaciones Democráticas del Interior).
En 1963, se presentó en sociedad la Legión Artiguista, integrada por militares retirados y en actividad, políticos, comerciantes, ganaderos, industriales, que, a favor de aquella corriente y también de sus contactos con figuras del gobierno, pronto desarrolló tareas de acumulación de información, campañas de adherentes y recolección de fondos, que- sobre todo en el interior- les abrió las puertas de generosos donantes.
Los índices crecientes de afiliación de trabajadores a los gremios conducidos por comunistas causaba honda precupación, y la detección ( y denuncia) de profesores e intelectuales afiliados al Partido Comunista llevaron la alarma al punto de presionar a los gobiernos de turno para imponer su influencia, generando una onda expansiva de violencia que asomaba día tras día (ataques a marchas sindicales o estudiantiles, atentados a gente vinculada al comunismo, etc.)
En ese marco de actividades se inserta el aviso de un golpe de estado.
Las proclamas de la Legión Artiguista, como así también las de la novel Vanguardia Tricolor- estaban sembradas de frases explosivas que machacaban «la parálisis del país», «el desgobierno, que habla pero no actúa», la «creciente amenaza roja», la «crisis económica», la «indecisión para obrar», «la burocracia paralizante» y la necesidad de «pasar a una acción más directa y contundente contra la actividad que desarrolla el comunismo», en el entendido que eso era lo que «la Patria necesita». Es sugestivo, hoy, constatar que con las mismas premisas se dio- efectivamente- un golpe de estado nueve años después….
El cura Pezzutto denunció que el líder de la intentona era el ciudadano César Lassus, quien tenía en su poder la proclama. Éste declaró que en realidad eso era un borrador, a partir del cual se intercambiarían ideas. Pero que contaban con apoyo de varias unidades militares. Se llamaría «Operación Sorpresa». El líder del complot era un coronel Acuña, presidente de Vanguardia Tricolor, entidad que vio- apenas la noticia de la intentona ganó la prensa- cómo se disolvían las adhesiones y los auspiciantes, y aumentaban, en la misma proporción, las protestas de inocencia y desconocimiento.
Poco tiempo después, los diplomáticos norteamericanos- con el asesoramiento de varios políticos nacionales de su confianza- catalogaron el golpe como una estafa económica pergeñada por el presidente de Vanguardia Tricolor, «bien conocido en ámbitos militares como un estafador, que estuvo cerca de la corte marcial varias veces por dudosas operaciones financieras».
La gran prensa montevideana, que tantas veces había difundido y alentado las proclamas, observó en este final un cauto y sugestivo silencio.
Hoy, la aparición de ganaderos y militares en la política debiera alertar sobre viejas mezclas explosivas.
(Fuente: Magdalena Broquetas, «La trama autoritaria» (Banda Oriental, 2015)

